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China y el espejo latinoamericano
Sergio Cesarin
De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2006

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Resumen: La relación entre China y América Latina y el Caribe se remonta a mediados del siglo XIX. Desde entonces hasta ahora los chinos han pasado de forzados trabajadores a miembros productivos y responsables de la sociedad latinoamericana. La historia de China comparte con la mayoría de los países latinoamericanos el acercamiento ideológico de izquierda y las reformas estructurales que responden a las fuerzas de la globalización. Hoy, ambas partes se complementan: China es una oportunidad para ampliar las avenidas tradicionales de la política exterior latinoamericana, y América Latina un laboratorio social para la China del mañana.

Sergio Cesarin es maestro en Economía Política por la Universidad de Beijing, China. Es investigador adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Conicet) de la República Argentina, profesor del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN) y en el Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella. Su último libro es China y América Latina: Nuevos enfoques sobre cooperación y desarrollo. ¿Una nueva Ruta de la Seda?, publicado por el BID-INTAL.

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LAS PRIMERAS HUELLAS

Las relaciones sino-latinoamericanas son el resultado de procesos históricos, políticos y socio-culturales que las enmarcan y enriquecen. Históricamente, la presencia china en América Latina y el Caribe (ALC) se remite a los primeros emigrados que, como forzados trabajadores (coolies), reemplazaron en nuestras costas la mano de obra esclava negra a mediados del siglo XIX. Sin opciones, fueron empleados en la construcción de caminos, plantaciones y el tendido de líneas férreas en América Latina y Estados Unidos. De esta forma, ALC recibió la cultura china a través de hombres y mujeres que abandonaron el Imperio del Centro, inmerso en luchas internas que auguraban su pronto fin.

El camino que luego siguieron los inmigrados chinos en ALC escribe una historia donde aspiraciones económicas, reconocimiento social y heroísmo cívico, el compromiso político de aquellos desclasados en las luchas independentistas hispanoamericanas y su participación en la construcción del "sueño americano" constituyen parte de la herencia legada por miles de chinos, ansiosos por lograr la preciada libertad en los nuevos estados latinoamericanos. La participación de combatientes chinos en la guerra de independencia cubana junto a José Martí constituye uno de los hitos imposible de soslayar en la historia de las relaciones sino-latinoamericanas. Ya libres, desde América Central alcanzaron otras tierras del sur continental (Perú, Brasil), donde se insertaron socialmente, establecieron vínculos y arraigaron comunidades que hoy forman parte de la extendida red del capitalismo chino global.

Las imágenes de ALC predominantes en académicos e intelectuales chinos recrean permanentemente esta historia, mezcla de tragedia y superación. En la elaboración discursiva oficial e intelectual, ALC aparece así como una geografía amiga y hospitalaria, que brinda oportunidades y riqueza en tiempos de crisis.

UTOPÍAS COMPARTIDAS

El prisma ideológico en la China maoísta consideró a ALC una geografía apta para extender el ideario revolucionario; como países en desarrollo (y en algunos casos sociedades agrícolas) las naciones latinoamericanas podían ser receptivas a las bondades del exitoso experimento chino. Los atributos de la "vía china al socialismo" (frente a la soviética) destacaban una práctica revolucionaria con epicentro en la figura del campesino dominado por terratenientes, pero activo sujeto revolucionario con capacidad de modificar radicalmente el sistema de dominación impuesto por el "antiguo régimen". La Nueva China, a partir de su fundación en 1949, fue también atractiva para el discurso político e intelectual latinoamericano porque legitimaba su posición internacional sobre principios tales como igualdad de los estados, soberanía y no intervención en los asuntos internos. De esta forma, para la izquierda latinoamericana, cauta ante las ansias de imposición soviéticas, China supondría una alternativa político-ideológica atractiva. Desde la óptica china, ALC formaba parte de la elaboración teórica propuesta por Mao Zedong conocida como Teoría de los Tres Mundos: un primer mundo integrado por las dos superpotencias en conflicto (Estados Unidos y la URSS); el segundo mundo incluye a países industrializados de alto nivel de vida (Europa, Canadá y Japón), y un tercer mundo, compuesto por el "mundo campesino" de Asia, África y ALC, sin dudas los esperados protagonistas de la revolución mundial.

En los sesenta, el activismo provisto por la ortodoxia ideológica impuso a China su Revolución Cultural, cuyas proyecciones también se observaron en ALC. El ideal del nuevo revolucionario, mezclado con altas dosis de agitación social en China, alentó movilizaciones en México, adhesiones en Argentina y nutrieron las expectativas de éxito en la lucha armada que se libraba en el Cono Sur latinoamericano. El no alineamiento en política internacional, con el proceso de descolonización como trasfondo, acercó las posiciones de intereses de China y ALC en la búsqueda de autonomía política y alternativas para el desarrollo económico. En ALC el atractivo ejercido por China orientó la investigación académica hacia los fundamentos ideológicos, teóricos y prácticos de la experiencia social y política china, al mismo tiempo que la "teoría de la dependencia" y el pensamiento de Raúl Prebisch nutría los marcos teóricos aplicados al análisis sobre la inserción asimétrica de los países en desarrollo en la economía mundial. En este periodo, a pesar de que los países latinoamericanos no reconocían diplomáticamente al gobierno de Beijing (Chile fue el primer país latinoamericano en reconocer diplomáticamente a la República Popular en 1970), ALC no fue política ni económicamente hostil a la Nueva China; muy por el contrario, aumentaron los contactos económicos "privados" directos e indirectos entre las partes.

En los setenta, la recomposición de relaciones entre Estados Unidos y China rompió el dique de contención latinoamericano abriendo paso al reconocimiento diplomático y el progresivo aumento del comercio. A finales de la década, la política de reforma económica y apertura impuesta por Deng Xiaoping (las Cuatro Modernizaciones) imprimía una nueva dinámica a la vinculación de China con el mundo y auguraba oportunidades para los países latinoamericanos ávidos por diversificar sus relaciones políticas y económicas externas. La desideologización de la política exterior china coincidía con el interés de regímenes militares latinoamericanos por quebrar el aislamiento internacional en el que se encontraban (por ejemplo, la primera visita efectuada a China por un "presidente" argentino fue la del general Videla). De esta forma, acuerdos gubernamentales nutrían el auge de los intercambios económicos y científico-tecnológicos, así como la promoción cultural. La acción político-diplomática china se regía por el enfoque sobre relaciones Sur-Sur y cooperación entre naciones en desarrollo por ser determinante para el mayor acercamiento sino-latinoamericano.

En los ochenta, las democracias latinoamericanas encontraban en China un activo socio político y económico. Los avances en la experiencia reformista china divergían respecto una ALC sumida en una profunda crisis económica e inmersa en procesos de transición política. La crisis del socialismo real en la URSS y Europa Oriental proyectó sus efectos en China por medio de movilizaciones estudiantiles (Tiananmen, 1989) que desafiaron al régimen y al partido gobernante (PCC: Partido Comunista Chino); frente a este escenario de conflicto ALC adoptó una posición equidistante. Posteriormente, frente al aislamiento internacional sufrido por China, ALC brindó una oportunidad para reparar su imagen internacional: por primera vez en 1990, un jefe de Estado chino (Yang Shankun) visitó la región, acto, sin dudas, de alto simbolismo político en la histórica relación. A pesar de las coincidencias, existían factores de tensión. América Latina y el Caribe era un teatro en el que China y Taiwán agudizaban su enfrentamiento, estableciendo una línea divisoria de intereses regionales entre los países de América Central y Paraguay que reconocían a Taiwán, y los restantes países latinoamericanos que mantenían relaciones diplomáticas con la República Popular China.

La Posguerra Fría constituyó una etapa signada por la intensificación de contactos políticos y el intercambio económico (comercial, científico-tecnológico y financiero). China y ALC coincidían en la aplicación de "reformas estructurales" bajo el paraguas impuesto por la globalización. El aumento del comercio, las frecuentes visitas de alto nivel político, misiones empresariales y la radicación de capitales chinos en la región fueron los ejes de la densa malla de relaciones y nexos establecidos durante los noventa. El éxito económico y la acelerada apertura china consolidaron su imagen como poder emergente capaz de "traccionar" el crecimiento económico en ALC y como alternativa frente a mercados protegidos para bienes agrícolas. Las iniciativas gubernamentales no pueden entenderse si no es en el marco de procesos sociales más amplios. La inclusión de sectores empresarios nacionales ante el auge chino, el involucramiento de las comunidades chinas de histórica presencia en ALC o aquellos considerados "nueva inmigración" (típica de los noventa) deben ser considerados dinámicos agentes promotores de más estrechas relaciones entre el Dragón asiático y ALC. La conjunción de los procesos descritos despegó el interés (dormido) de analistas e intelectuales latinoamericanos sobre las causas y consecuencias de la experiencia modernizadora china, ya no sostenidos por enfoques ideológicos, sino provistos de múltiples variables: históricas, culturales, socio-políticas y económicas.




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