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América Latina: las visiones y políticas de Europa José Antonio Sanahuja De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2006 Resumen: La Unión Europea ha querido ver en América Latina un "espejo" de su experiencia de integración y ha buscado siempre un interlocutor "regional". América Latina debería ser consciente de que aquélla está definiendo sus opciones estratégicas, y que la decisión dependerá, en buena medida, de que la región americana defina claramente qué desea ser, cómo quiere ser vista y qué quiere hacer con su propia integración. José Antonio Sanahuja es profesor de Relaciones Internacionales en el Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI), y miembro del Consejo de Cooperación al Desarrollo (órgano asesor del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación de España). sanahuja@cps.ucm.es
AMÉRICA LATINA, EUROPA Y LA CONSTRUCCIÓN DEL "OTRO" ¿Existe América Latina? Desde Europa, ésa es una pregunta retórica. En el imaginario colectivo de una Europa poco proclive a apreciar diferencias a la hora de construir la imagen del "Otro", América Latina se presenta como evidente unidad cultural y (casi) lingüística, y ésos son elementos que aún son importantes para los europeos en la construcción de los estados nacionales y de las identidades individuales y colectivas. Además, en la cultura política europea suele subrayarse lo que une a la región, más que lo que la separa: su historia compartida, desde la Colonia a las repúblicas criollas; la resistencia frente al imperialismo de Estados Unidos, y los problemas comunes de inestabilidad política, caudillismo y populismo, y pobreza y polarización social. Se puede alegar que esta visión, aunque integra hechos reales e interpretaciones históricas ajustadas, también contiene mitos, estereotipos y simplificaciones alimentados por la distancia y el desconocimiento. Igualmente, se podría afirmar que los europeos no siempre saben valorar las fuerzas centrípetas que actúan en América Latina, y en particular el peso de unos nacionalismos distintos a los suyos, ni el papel que éstos tienen en la conformación de la geografía política y las identidades nacionales de la región. Sea mito o realidad, o ambas cosas a la vez, esa visión se ha integrado en los "mapas mentales" de los europeos, que ven a América Latina como unidad histórica y política, con problemas e intereses comunes, y como región abocada a actuar conjuntamente frente al mundo exterior. Esa visión, sin embargo, no es sólo una construcción europea. Debe mucho a los propios latinoamericanos, pues integra las ideologías y proyectos políticos nacionalistas y antiimperialistas que la región ha proyectado al exterior en dos siglos de historia independiente. En muchos aspectos, el anticolonialismo y el antiimperialismo han contribuido a definir tanto la identidad común de los latinoamericanos como las visiones europeas de América Latina. Pero también han dejado otras huellas. En Europa, el sentimiento antiestadounidense y el rechazo a la política exterior de Washington que impregna la cultura política de la izquierda y de sectores de centro responde, entre otras motivaciones, al rechazo a las intervenciones de los años ochenta en América Central; al apoyo estadounidense a los golpes militares, las dictaduras y los regímenes de "seguridad nacional" de décadas anteriores, y a la solidaridad con las víctimas de las dictaduras, incluyendo líderes, militantes o parlamentarios latinoamericanos que mantenían relaciones con partidos europeos en sus respectivas "internacionales". Todo esto ha tenido consecuencias políticas directas. Hasta los años ochenta, los gobiernos europeos se habían mantenido alejados de América Latina, pero el riesgo de escalada de la intervención estadounidense en América Central favoreció el acercamiento con la Comunidad Europea, y la concertación política latinoamericana, en la que se originó el Grupo de Rio. A partir de ello, ha surgido una argumentación que explica el papel de Europa en América Latina como un "contrapeso" de Estados Unidos, y la relación entre ambas regiones como búsqueda de "autonomía" o "diversificación". Veinte años después, este argumento sigue vivo, aunque ahora se utiliza para justificar los acuerdos comerciales con Europa, en respuesta al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), o la defensa del sistema multilateral frente a la política exterior hegemónica de Estados Unidos tras el 11 de septiembre de 2001. PROMOCIÓN DEL REGIONALISMO: AMÉRICA LATINA COMO "ESPEJO" La Unión Europea (UE) ha querido ver en América Latina un "espejo" de su experiencia de integración, tanto en el plano económico como político. Una de las diferencias más marcadas entre Europa y los impulsores del "Consenso de Washington" ha sido el apoyo europeo a la integración regional. La racionalidad económica en la que inicialmente se basó ese apoyo dio paso, a principios de los noventa, a un "nuevo regionalismo" que pretende responder a la globalización, a través de la integración económica pero también política, incluida la política exterior. Ello responde a concepciones "posmodernas" o "poswestfalianas" de la soberanía, y a una visión del sistema internacional en la que el poder, que depende en menor medida de la fuerza militar, se ha distribuido entre un número mayor de actores, y se debilita la soberanía estatal por efecto de la globalización. En este escenario, el regionalismo y el multilateralismo constituyen las mejores vías para asegurar la gobernanza del sistema internacional y asegurar la provisión de "bienes públicos globales". Por esas razones, la UE, como global player, está interesada en la formación de grupos regionales fuertes, con capacidad de actuar en la economía y la política internacional, y en una mayor cooperación "interregional" entre dichos grupos. Sin embargo, existe un marcado contraste entre las aspiraciones europeas de una América Latina que actúe como región, y el limitado alcance de la concertación política latinoamericana. La UE siempre ha buscado un interlocutor "regional" capaz de representar y hablar en nombre de toda América Latina (en este caso no se trata de Kissinger, sino de Bruselas, que busca a "alguien que atienda el teléfono"). A primera vista, a esa demanda respondería el diálogo ministerial UE-Grupo de Rio, iniciado en 1990, y desde 1999 las "cumbres" de jefes de Estado que se celebran cada dos años, con la que se ha creado una "asociación estratégica". Sin embargo, el escaso alcance de la concertación política latinoamericana debilita ese foro. Según un diplomático europeo, "los latinoamericanos no han hecho la tarea, y en lo poco que se ponen de acuerdo, parece que se debe más a la convocatoria de la Cumbre que al interés propio". Ante la falta de una instancia regional capaz de planificar y ejecutar programas, la Comisión privilegia a actores descentralizados -- gobiernos locales, universidades, etc. -- a la hora de diseñar y ejecutar la estrategia de cooperación regional. Más significativo es el rechazo de algunos gobiernos latinoamericanos de ese programa regional, que no controlan, y que desearían ver subsumido a la ayuda bilateral de la UE, para captar así más recursos para sus propios países. CRISIS E INCERTIDUMBRE EN LA INTEGRACIÓN REGIONAL A mediados de los noventa, el diseño de una estrategia latinoamericana de la UE que pretendiera ser realista suponía reconocer los nuevos intereses económicos en América Latina; asumir el riesgo para los intereses europeos que planteaba el ALCA; considerar la heterogeneidad de la región y partir del verdadero mapa de la integración del "nuevo regionalismo" latinoamericano. En ese mapa, había distintos agrupamientos subregionales -- la reactivación de la integración centroamericana y andina, y el Mercosur -- , países que optaron por América del Norte -- México -- , o el camino separado seguido por Chile. Con esas bases, entre 1994 y 1995 el Consejo de la UE aprobó una estrategia que pretendía promover acuerdos recíprocos de libre comercio y diálogo político con los mercados emergentes de México, Chile y el Mercosur, en los que existían mayores intereses económicos y, en el caso de México, el incentivo inmediato de su incorporación al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). En una posición menos favorable quedaban los países centroamericanos y andinos, que no eran atractivos desde el punto de vista económico, y, según la Comisión Europea, no podrían soportar acuerdos de libre comercio. Para estos últimos tan sólo se ofrecía ayuda financiera y preferencias comerciales no recíprocas. Los "Acuerdos de asociación" y las respectivas áreas de libre comercio entre la UE y México (2000) y Chile (2002) son el resultado de esta estrategia. Tienen gran importancia, pues nunca antes se habían hecho tantas concesiones en cuanto al acceso a los respectivos mercados.
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