Las fallas en las políticas provocan las acusaciones directas, y Solaún, embajador de la administración Carter ante Nicaragua, no es el primero en criticar a sus superiores en el gobierno y sus políticas de derechos humanos por desestabilizar la dictadura de Somoza sin impedir la victoria militar sandinista. También vilipendia a casi todos los demás funcionarios de importancia, entre ellos a los expertos sobre América Latina del Departamento de Estado, los burócratas de la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos [USAID], el personal del Cuerpo de Paz y a los congresistas demócratas y republicanos, a menudo con detalle expresivo. De los protagonistas locales, pone la nota sobre Anastasio Somoza, los partidos Liberal y Conservador, los empresarios centristas, los dirigentes de la Iglesia y los sandinistas por su inmadurez, su miopía, sus ilusiones, su imprudencia e intransigencia. Solaún también se absuelve explícitamente de toda responsabilidad, aun cuando parece que no presionó a sus superiores para seguir el curso de acción que defiende en este no muy fino relato de los hechos (a saber, el uso oportuno de la fuerza militar para deponer a Somoza). Como académico, Solaún atribuye su nombramiento a la iniciativa de los estadounidenses cubanos de Miami; tal vez un embajador más experimentado, con lazos más fuertes con autoridades de mayor peso y una voz más lúcida y vigorosa habría hecho algo mejor.