Estados Unidos ha sido una fuerza impulsora en la promoción de los derechos humanos globales, pero también se niega a comprometerse con las leyes y los convenios internacionales que los protegen. Esta importante compilación de ensayos de destacados académicos trata de explicar esta obvia paradoja. Ignatieff identifica tres especies de excepcionalismos estadounidenses: la disposición a firmar un tratado sólo si Estados Unidos está exento de sus previsiones, el uso de diferentes criterios para juzgar la conducta estadounidense y la de otros países, y la resistencia de los tribunales a aceptar los precedentes legales establecidos en otras democracias liberales. Los autores presentan una rica colección de explicaciones culturales, institucionales y políticas. Paul Kahn pone de relieve la profunda creencia estadounidense de que los valores fundacionales del país son la encarnación universal de los derechos humanos, y por tanto no tienen que aprender de otros o ser juzgados por ellos. Andrew Moravcsik sostiene que el federalismo estadounidense y el proceso de ratificación en el Senado debilitan la capacidad del gobierno central de acatar las normas internacionales. Cass Sunstein se ocupa del impacto de la contrarrevolución conservadora desde la década de 1960, que causó una divergencia respecto de la Europa de mentalidad liberal. En sus apasionantes ensayos, Stanley Hoffmann y John Ruggie sostienen que el excepcionalismo de Estados Unidos puede ser bastante oneroso para la seguridad nacional y un problema cuya solución ha de ser global. En conjunto, los autores logran una admirable presentación de la compleja interacción entre los valores, la legislación y el poderío estadounidenses.