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Cómo las pandillas invadieron América Central
Ana Arana
De Foreign Affairs En Español, Julio-Septiembre 2005

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Resumen: Durante una década Estados Unidos ha exportado su problema con las pandillas, enviando de vuelta a sus lugares de origen a delincuentes nacidos en América Central, sin advertir de ello a los gobiernos locales. El resultado ha sido un explosivo aumento de las perversas pandillas transnacionales que ahora amenazan la estabilidad de las frágiles democracias de la región. Mientras Washington parece ignorar la situación, las bandas están creciendo, esparciéndose hacia el norte, a México y de regreso a Estados Unidos.

Ana Arana es periodista de investigación que se ha ocupado ampliamente en temas de América Latina.

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Temas:
América Central
Cultura y Sociedad

MIENTRAS WASHINGTON DORMÍA

En diciembre pasado, un autobús que atravesaba la ciudad norteña de Chamalecon en Honduras fue detenido por unos gatilleros. Los asaltantes rápidamente rodearon el autobús y abrieron fuego con rifles AK-47, dando muerte a 28 pasajeros. Como revelaría después la policía, los agresores habían sido miembros de una célebre pandilla callejera conocida como la Mara Salvatrucha (o MS-13) y habían escogido a sus víctimas al azar. La masacre nada tenía que ver con la identidad de las personas a bordo; su propósito era lanzar una protesta y una advertencia contra las enérgicas medidas gubernamentales sobre las actividades de la banda en el país. (Tiempo después, en febrero, agentes estadounidenses arrestaron en la ciudad texana de Falfurrias a Ebner Aníbal Rivera Paz, sospechoso de ser responsable intelectual del ataque.)

El atentado y el posterior arresto fueron tan sólo la señal más reciente del creciente poder de las pandillas centroamericanas y de su capacidad de desplazarse entre sus países natales y Estados Unidos. En los últimos años, mientras Washington ha concentrado su atención en Medio Oriente, prácticamente ha desdeñado un fenómeno peligroso cerca de casa. Bandas ultraviolentas de jóvenes, engendradas en los ghettos de Los Angeles y otras ciudades estadounidenses, han emigrado lentamente a América Central, donde se han transformado en poderosas redes delictivas transfronterizas. Mientras Estados Unidos se preocupa por los sucesos de otras partes, las pandillas han incrementado su poder y su número; a la fecha, funcionarios locales estiman su tamaño entre 70000 y 100000 miembros. Las "marabuntas" o "maras", como se les conoce (por el nombre de una especie mortífera de hormigas), hoy representan el desafío más peligroso para la paz en la región desde el final de las guerras civiles centroamericanas.

Pero el peligro no se restringe a la región. Alimentadas por un crecimiento explosivo de la población joven en el área y por un sinnúmero de problemas sociales como la pobreza y el desempleo, las pandillas se están esparciendo, desparramándose dentro de México y más allá, incluso de regreso a Estados Unidos. Junto con ellas, las "maras" están elevando los índices de delincuencia, cometiendo miles de asesinatos y contribuyendo a la prosperidad del narcotráfico. Por su parte, los gobiernos centroamericanos parecen totalmente incapaces de enfrentar el desafío, al carecer de destrezas, conocimientos operativos y del dinero necesario para combatir a estas superpandillas. Las soluciones intentadas hasta ahora -- en gran medida acotadas a operaciones militares o policiacas -- sólo han agravado el problema; las prisiones funcionan como escuelas de especialización para el hampa, y las acciones militares sólo han dispersado a los cabecillas de las pandillas, dificultándose así más que nunca la persecución y captura de los jefes.

Si América Central ha de hacer algo para detenerlas, debe hacerlo pronto. Y ha de acogerse a otro planteamiento que sea multilateral, que combine el trabajo policiaco con la prevención y ataque frontalmente los males endémicos de la región. Sólo un programa multidisciplinario como el descrito podrá detener el crecimiento de las "maras". Por fortuna, ya se tienen los conocimientos prácticos necesarios: en Estados Unidos, ciudades como Boston y San Jose han emprendido campañas muy exitosas contra las bandas, que podrían ser emuladas al sur de la frontera. El problema de América Central es de voluntad política, financiamiento y de elegir los momentos oportunos. Washington puede ayudar en los tres campos, y debería hacerlo. No sólo porque el problema amenaza a Estados Unidos, sino también porque ahí fue donde empezó.

EN EL GHETTO

Las raíces de la presencia de las "maras" en América Central pueden rastrearse desde 1992. Como consecuencia de los disturbios de Los Angeles, su departamento de policía determinó que la mayor parte de los saqueos y la violencia había sido llevada a cabo por pandillas locales, entre ellas la Mara Salvatrucha, por entonces un grupo poco conocido de inmigrantes salvadoreños. (Mara es una palabra en la jerga de la delincuencia, que significa "pandilla", y trucha, "persona astuta".) En respuesta, California puso en vigor nuevas y estrictas leyes antipandillas. Los fiscales empezaron a fincar cargos a pandilleros jóvenes como adultos y ya no como menores de edad, y cientos de jóvenes delincuentes latinos fueron enviados a la cárcel por delitos penales y otros delitos graves. Luego vino la legislación de "tres faltas y estás acabado" ("three strikes and you're out"), aprobada en California en 1994, que elevó notablemente los periodos de condena carcelaria para los delincuentes sentenciados por tres o más delitos.

En 1996 el Congreso extendió la estrategia de endurecer las penas a la ley de inmigración. Los no ciudadanos [estadounidenses] sentenciados a un año o más de prisión serían ahora repatriados a sus países de origen, e incluso los delincuentes estadounidenses nacidos en el extranjero podrían ser objeto de la cancelación de su ciudadanía y ser expulsados después de cumplir sus sentencias en prisión. La lista de delitos sujetos a deportación se incrementó, llegando a incluir faltas menores como conducir automóviles bajo los efectos del alcohol y robos de baja monta. Como resultado, entre 2000 y 2004, alrededor de 20000 jóvenes delincuentes centroamericanos, cuyas familias se habían establecido en los arrabales de Los Angeles en la década de 1980 tras escapar de las guerras civiles en sus países, fueron deportados a países que apenas conocían. Muchos de ellos eran angloparlantes nativos que habían llegado a Estados Unidos desde muy pequeños, pero que nunca se tomaron la molestia de procurarse la residencia legal o la ciudadanía.

Los deportados llegaron a América Central con pocas expectativas que no fueran sus conexiones con su pandilla; muchos eran miembros de la MS-13 y otro grupo delictivo de Los Angeles, la Pandilla de la Calle 18 (que adoptó el nombre de Mara 18, o M-18, en América Central). Los gobiernos locales -- que estaban tratando desesperadamente de reconstruirse tras una década de conflicto civil -- no tenían idea de quiénes eran en realidad sus nuevos ciudadanos: los nuevos reglamentos estadounidenses de inmigración prohibieron a los funcionarios del país revelar los antecedentes penales de los deportados.

Como era de predecirse, el resultado fue desastroso. Al principio, pocos funcionarios centroamericanos centraron su atención en los arribos recientes. Pero los deportados, con sus tatuajes estrafalarios, su espanglish y sus actitudes contra la autoridad pronto se hicieron muy notorios. Poco después de su llegada, la cocaína crack fue introducida en El Salvador, y los arrestos relacionados, que en 1995 se ubicaban en un solo dígito, se elevaron a 286 tres años después. Para 1999, términos como "bebés del crack" y "escondrijos del crack" se volvieron tan comunes para los lectores de los diarios salvadoreños como sucedía con los lectores de Los Angeles. Entre tanto, la misma tendencia se daba en Honduras y Guatemala. "Estos muchachos llegaban a territorio nuevo y se dedicaban a hacer lo que sabían hacer mejor", como dijo Lou Covarrubiaz quien, habiendo sido jefe de policía de San Jose, se convirtió en entrenador policiaco en El Salvador.




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