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"En mayor libertad": hora decisiva en la ONU Kofi Annan De Foreign Affairs En Español, Julio-Septiembre 2005 Resumen: Hacer frente a las amenazas actuales requiere una cooperación global amplia, profunda y sostenida. Por tanto, los estados del mundo deben crear un sistema colectivo de seguridad para prevenir el terrorismo, fortalecer la no proliferación de armas nucleares y llevar la paz a zonas devastadas por la guerra, así como promover los derechos humanos, la democracia y el desarrollo. La ONU debe someterse a la transformación más radical de su historia. Kofi Annan es secretario general de la Organización de las Naciones Unidas. (Traducción de Foreign Affairs en Español.)
NUESTRA VULNERABILIDAD COMPARTIDA Preguntemos a un inversionista bancario que, camino a su trabajo pasa día a día por la Zona Cero de Nueva York cuál es la mayor amenaza. Luego hagamos la pregunta a un huérfano analfabeto de 12 años de edad en Malawi que ha perdido a sus padres a causa del sida. Obtendremos dos respuestas muy diferentes. Invitemos a un pescador indonesio que llora la pérdida de toda su familia y la destrucción de su aldea por el devastador tsunami reciente a decirnos cuál es su mayor miedo. Luego preguntemos a un aldeano de Darfur, amenazado por milicianos asesinos y temeroso de los ataques con bombas. Es probable que también sus respuestas sean divergentes. Las percepciones diferentes de lo que constituye una amenaza son a menudo los mayores obstáculos a la cooperación internacional. Pero creo que en el siglo XXI no se deberá permitir que conduzcan a los gobiernos del mundo a atender prioridades muy distintas o a trabajar en propósitos opuestos. Las amenazas actuales están profundamente interconectadas y se alimentan entre sí. Por ejemplo, la miseria de la gente atrapada en conflictos civiles no resueltos o de las poblaciones hundidas en la extrema pobreza puede incrementar su atracción por el terrorismo. La violación en masa de mujeres que ocurre con tanta frecuencia en los conflictos eleva en gran medida la probabilidad de que el VIH y el sida se extiendan. De hecho, todos somos vulnerables a los peligros que nos parece que sólo amenazan a otras personas. Millones de habitantes más del África subsahariana caerían bajo la línea de la pobreza si un ataque nuclear contra un centro financiero de Estados Unidos causara un colapso masivo en la economía global. De la misma forma, millones de estadounidenses podrían quedar infectados con rapidez si, de manera natural o por un intento maligno, una nueva enfermedad brotase en un país con deficiente atención a la salud y, antes de que fuera identificada, personas la esparcieran sin saberlo por el mundo. Ninguna nación puede defenderse enteramente por sí sola de estas amenazas. Hacer frente a los retos de hoy -- desde garantizar que no caigan armas mortíferas en manos peligrosas hasta combatir el cambio climático global, desde prevenir el tráfico de esclavos sexuales por parte de organizaciones criminales hasta llevar a juicio a criminales de guerra ante tribunales competentes -- requiere una cooperación global amplia, profunda y sostenida. Los estados que colaboran pueden lograr cosas que están más allá de lo que aun el estado más poderoso puede lograr por sí mismo. Quienes redactaron la Carta de las Naciones Unidas en 1945 vieron con gran claridad estas realidades. Como secuela de la Segunda Guerra Mundial, que costó la vida a 50 millones de personas, establecieron en la conferencia de San Francisco, en 1945, una organización (en palabras de la carta) que "salve a las generaciones futuras del flagelo de la guerra". Su propósito no era usurpar la función de los estados soberanos, sino permitirles servir mejor a sus pueblos mediante el trabajo conjunto. Los fundadores de la ONU sabían que esta empresa no podía concebirse con estrechez porque la seguridad, el desarrollo y los derechos humanos están ligados de manera inextricable. Por tanto dotaron de amplias aspiraciones a la nueva organización mundial: garantizar el respeto a los derechos humanos fundamentales, establecer condiciones en las cuales pudieran mantenerse la justicia y el estado de derecho y, como dice la Carta, "promover el progreso social y mejores niveles de vida en mayor libertad". Cuando la Carta de Naciones Unidas habla de "mayor libertad", incluye las libertades políticas básicas a las que todos los seres humanos tenemos derecho. Pero también va más allá, al abarcar lo que el presidente Franklin Roosevelt llamó "estar libres de la necesidad" y "estar libres del miedo". Nuestra seguridad y nuestros principios han demandado desde hace mucho tiempo que extendamos estas fronteras de libertad, conscientes de que el progreso de uno depende del de los demás y lo fortalece. En los pasados 60 años, los rápidos avances tecnológicos, la creciente interdependencia económica, la globalización y el sobresaliente cambio político sólo han vuelto más urgente este imperativo. Y a partir de los ataques del 11 de septiembre de 2001, personas de todas partes han llegado a reconocerlo. Una nueva inseguridad ha entrado en todas las mentes, al margen de la riqueza o del nivel social. Con más claridad que nunca, entendemos que nuestra seguridad y nuestra prosperidad -- y, de hecho, nuestra libertad -- son indivisibles. NUEVO IMPULSO A SAN FRANCISCO Sin embargo, en el preciso instante en que estos desafíos se han vuelto tan agudos, y en que la necesidad de acción colectiva se ha hecho tan patente, vemos una profunda discordia entre los estados. Tal disonancia desacredita nuestras instituciones globales. Permite que crezca la brecha entre los que tienen y los que no, entre los fuertes y los débiles. Siembra las semillas de una reacción contra los mismos principios para cuyo impulso se fundó la ONU. Y al invitar a los estados a procurar sus propias soluciones, pone en duda algunos de los principios fundamentales que, con las imperfecciones que se quiera, han fortalecido el orden internacional de 1945 a la fecha. Las generaciones futuras no nos perdonarán si continuamos por esta senda. No podemos sencillamente avanzar a tientas y contentarnos con respuestas graduales en una era en que los sindicatos del crimen organizado buscan hacer pasar por las fronteras tanto esclavos sexuales como materiales nucleares; en que sociedades enteras se pierden por el sida; en que el rápido avance de la biotecnología vuelve extremadamente viable la creación de "bichos de diseñador", inmunes a las vacunas actuales, y en que terroristas, cuyas ambiciones son muy limitadas, encuentren reclutas dispuestos entre jóvenes de sociedades que tienen poca esperanza, aún menos justicia y escuelas sumamente sectarias. Es urgente que nuestro mundo se una para dominar las amenazas actuales e impedirles que nos dividan y de esa forma nos dominen.
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