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Estados Unidos y Balaguer: Más improvisación que cálculo
Abraham F. Lowenthal
De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2005

Cómo los americanos ayudaron a colocar a Balaguer en el poder en 1966. Bernardo Vega, Fundación Cultural Dominicana, 2004, 321 pp. US$50.00

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Resumen: Abraham F. Lowenthal analiza el libro de Bernardo Vega, que se refiere a los distintos intentos de Estados Unidos por influir directamente en la política de Republica Dominicana en la década de los sesenta. Pese al provocativo título del libro, afirma Lowenthal, la principal historia que surge no es la de la habilidad de Washington de imponer a Joaquín Balaguer como presidente dominicano en 1966, sino la de los inciertos y contradictorios esfuerzos de Washington de encontrar una forma de desenredarse del embrollo dominicano.

Abraham F. Lowenthal es presidente fundador del Pacific Council on International Policy, profesor de Relaciones Internacionales en la University of Southern California y vicepresidente del Council on Foreign Relations. Es autor o compilador de 12 libros sobre América Latina y asuntos interamericanos. Es miembro del Council on Foreign Relations y del International Institute of Strategic Studies.

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Antes de sentarme a escribir esta reseña del libro de Bernardo Vega he estado leyendo artículos en la prensa sobre la posibilidad de que Ahmed Chalabi esté en el umbral de arrebatar las riendas del poder en Irak. Si bien Chalabi alguna vez fue el candidato preferido del Pentágono y de los neoconservadores del gobierno de Bush para remplazar a Saddam Hussein, y fue llevado a Irak desde el exilio por Estados Unidos en el mismo vuelo que algunos soldados de ese país, era evidente que había caído de la gracia de Washington. Funcionarios estadounidenses llegaron a desconfiar de Chalabi y con el paso del tiempo, cansadas de sus maniobras y de su promoción de sí mismo, las fuerzas estadounidenses allanaron con violencia su casa y las oficinas de su partido en busca de pruebas de que había estado entregando información secreta a Irán. Si Chalabi logra alzarse con el poder en esta coyuntura, lo hará con la credibilidad que le da el hecho de haber roto con Estados Unidos en un momento en que la presencia estadounidense es cada vez más impopular en Irak. Pero Washington busca una forma de desembarazarse de Irak, y su gobierno sin duda encontraría una forma de acomodarse con Chalabi si éste gana el poder.

No conozco más de Irak que el lector promedio de periódicos, pero un libro que dentro de 40 años describiera "cómo los estadounidenses ayudaron a Chalabi a tomar el poder en 2005" (aun si se basara en documentos secretos, memorias personales e incontables entrevistas) podría dar de todos modos una impresión engañosa. Si partiera del conocimiento de una victoria de Chalabi, en el caso de que llegue a producirse, y de allí se remontara al pasado para ofrecer pruebas del apoyo estadounidense desde muchos años atrás, se podría dar la impresión de una bien planeada intervención y manipulación de Washington, cuando la verdad es que ese resultado distaría mucho de haber sido inevitable, y Washington tal vez habría sido tanto la víctima como la fuente de la manipulación. La intervención política de Estados Unidos en el Irak actual es casi sin duda más producto de la improvisación y resultado de la lucha interna de muchas dependencias e individuos dentro del gobierno estadounidense que de una estrategia clara y coherente que se hubiese aplicado con destreza y disciplina.

Así ocurrió, a mi parecer, en Santo Domingo a mediados de la década de 1960. Pese al provocativo título del interesante libro de Bernardo Vega, la principal historia que surge de este bien investigado recuento no es la de la habilidad de Washington para imponer a Joaquín Balaguer como presidente dominicano en 1966, sino la de los inciertos y contradictorios esfuerzos de Washington por encontrar una forma de desenredarse del embrollo dominicano, y de la astucia de Balaguer de jugar la carta estadounidense para facilitar su retorno a la presidencia de su país.

El doctor Balaguer ocupaba el cargo de presidente en calidad de testaferro del dictador Rafael Trujillo cuando éste fue asesinado, en mayo de 1961. La oposición clandestina a Trujillo, Unión Cívica Nacional (UCN), persuadió al gobierno estadounidense de obligar a Balaguer a exiliarse junto con los hermanos de Trujillo y diversos parientes y adherentes. El gobierno estadounidense recurrió a la amenaza de la fuerza, a la ayuda internacional como instrumento político y a la intervención tanto abierta como encubierta de diverso tipo para estructurar un Consejo de Estado sustituto, el cual organizó elecciones libres en 1962, de las cuales Balaguer fue excluido. La UCN salió mal parada de esos comicios, en los cuales resultó electo Juan Bosch, quien fue derrocado en septiembre de 1963. Uno de los dirigentes de la UCN, Donald Reid Cabral, fue designado presidente en un régimen de triunvirato. La embajada estadounidense, preocupada por la inestabilidad política y los posibles triunfos de la izquierda en República Dominicana, respaldó los esfuerzos de Reid por construirse una base popular que pudiera traducirse mediante maniobras en una legitimación electoral, pero los problemas económicos y la falta de atractivo personal de Reid volvieron imposible la tarea. Encuestas de opinión secretas realizadas por la CIA en marzo de 1966 mostraron que sólo 6% de los votantes dominicanos potenciales apoyaría a Reid Cabral, favorito de la embajada; 24% favorecía el retorno de Bosch, y 46% apoyaba al exiliado Balaguer, cuyo liderazgo en tiempos más tranquilos inspiraba un respaldo nostálgico.

Conjuras civiles y militares que se hacían competencia para derrocar el insostenible régimen de Reid Cabral avanzaban hacia la deseada culminación cuando una se adelantó, en abril de 1965, con un llamado al retorno del gobierno constitucional de Juan Bosch. Vinieron días de pugnas e incertidumbre. El gobierno de Estados Unidos rechazó oportunidades de ayudar a consolidar ganancias del movimiento a favor de Bosch, se alarmó ante la desintegración de las fuerzas armadas dominicanas, temió la posibilidad de que la izquierda se adueñara del poder y se instalara una "segunda Cuba", y envió a los infantes de Marina y luego a la 82ª división aerotransportada para restaurar el orden y contener a los izquierdistas. Luego Washington se dio prisa en volver multilateral la intervención mediante la Organización de Estados Americanos (OEA) e instalar un gobierno que pudiera restaurar la estabilidad en el país y permitiera la salida de las fuerzas estadounidenses.

Los oficiales estadounidenses promovieron primero el establecimiento de una junta militar dominicana el 28 de abril (la cual solicitó formalmente la intervención militar de Washington en un cable escrito en inglés por un agregado militar estadounidense), y luego arreglaron la instalación, el 7 de mayo, de un Gobierno de Reconstrucción Nacional encabezado por el general Antonio Imbert, uno de los dos sobrevivientes de la conjura para asesinar a Trujillo, pero a la vez emprendieron negociaciones secretas con Juan Bosch en Puerto Rico para establecer un gobierno constitucional restaurado, aceptable para Bosch, encabezado por su antiguo ministro de Agricultura, Antonio Guzmán.

Las negociaciones para imponer la "fórmula Guzmán" continuaron en exquisito detalle, al punto de acordar la composición del gabinete de Guzmán, el texto de su discurso de toma de posesión y de la respuesta de Johnson, y la elaboración de una lista de comunistas dominicanos, quienes serían confinados en una isla frente a la costa del país caribeño. Sin embargo, después de varios días de negociaciones adicionales, la fórmula Guzmán fue abandonada, liquidada por la pugna entre dependencias de Washington. Entonces se encargaron las pláticas para crear un gobierno apolítico de "tercera fuerza" a una comisión de la OEA encabezada por el embajador estadounidense Ellsworth Bunker. Esta comisión instaló un presidente provisional, Héctor García Godoy, diplomático de carrera y partidario de Balaguer que había sido ministro del Exterior de Bosch. Su gobierno supervisó elecciones libres, en las cuales contendieron tanto Balaguer como Bosch. Balaguer ganó en forma decisiva, lo cual dio principio a sus 12 años de gobierno.

El volumen de Bernardo Vega recorre todos estos sucesos en detalle, con conocimiento íntimo de las facetas tanto dominicanas como estadounidenses de los hechos. Es un investigador incansable, y ha hecho muy buen uso de literatura previa, entrevistas, memorias y notas inéditas, documentos desclasificados y, sobre todo, las recién liberadas cintas de las conversaciones telefónicas de Lyndon B. Johnson.

Lo que se desprende con claridad del relato de Vega es que Joaquín Balaguer estaba en la mente de algunos funcionarios estadounidenses, desde el principio de la crisis de 1965, como el mejor candidato para gobernar República Dominicana en forma estable; que Johnson desde muy pronto reconoció el atractivo de la elección de Balaguer; que funcionarios estadounidenses permanecieron en contacto con Balaguer durante las varias permutas de las semanas siguientes; que entendieron todo el tiempo que un proceso electoral pondría en ventaja a Balaguer, y que de todos modos Washington no quiso correr riesgos y de manera clandestina ayudó a garantizar que Balaguer ganara las elecciones de 1966.

Todos estos aspectos se muestran en forma convincente y acertada, pero se quedan cortos respecto del señalamiento implícito en el título, y en la solapa del libro, de que "Lyndon B. Johnson decidió, desde antes de enviar tropas estadounidenses, que el nuevo presidente dominicano debía ser Joaquín Balaguer, y además, que debería ser escogido como resultado de unas elecciones que, para ser creíbles, debían contar con la participación de Juan Bosch". Ésta es una extensión que exagera la previsión y coherencia de la política estadounidense, así como la destreza de su ejecución.







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