Sikkink suma a su importante trabajo sobre las organizaciones no gubernamentales y las redes de defensoría este esclarecedor recuento de la forma en que persistentes emprendedores de políticas, armados de ideas frescas, insertaron y luego institucionalizaron la promoción de los derechos humanos en las relaciones interamericanas. Lo que estaba en juego en su lucha de 60 años era mucho, en términos tanto de la propia identidad estadounidense como de las vidas latinoamericanas, y la autora complementa documentos recién emitidos por el gobierno estadounidense con entrevistas a funcionarios de nivel inferior para condenar a Henry Kissinger por dar "luz verde" a la despiadada represión en Chile y Argentina, y a Ronald Reagan y Jeanne Kirkpatrick por su imprudente respaldo a sanguinarios dictadores centroamericanos. Fustiga por igual a realistas de la vieja escuela y a cínicos y estructuralistas para quienes la retórica sobre derechos humanos no es sino un camuflaje de los designios imperiales. De hecho, nuevas estadísticas de las comisiones de la verdad -- por ejemplo en Chile, donde hubo 62 muertes y desapariciones durante el gobierno de Carter contra 1828 en los gobiernos de Nixon y Ford y 371 en el de Reagan -- indican que la política estadounidense puede representar un gran cambio de la situación. Y si bien le preocupa que la actual campaña contra el terrorismo pudiera eclipsar el interés por los derechos humanos, Sikkink celebra las instituciones hoy dedicadas a la causa que ella propugna.