Desde hace mucho tiempo los académicos han estado debatiendo por qué y cuándo los estados cumplen con el derecho internacional. Un punto de vista muy difundido es que lo hacen por un sentido de obligación moral o por un deseo de legitimación. Este libro contiene los elegantes argumentos de dos destacados profesores de derecho para ofrecer una explicación más sencilla e instrumental: los estados se conforman al derecho internacional y lo acatan sólo cuando así conviene a sus intereses nacionales. Mediante la teoría elemental del juego, construyen un marco que en principio ve el derecho internacional como una herramienta para los estados que buscan resolver "juegos" de cooperación. En su opinión, mucho del derecho internacional refleja por ello una coincidencia de intereses en vez de ser la encarnación de normas obligatorias universales. El libro tiene las virtudes y defectos de todas las teorías racionalistas simples. Organiza con ingenio un amplio surtido de normas e instituciones internacionales y rastrea su origen hasta estados que persiguieron fines propios. Asimismo se une al esfuerzo por construir puentes entre los ámbitos, tradicionalmente apartados, del derecho internacional y las relaciones internacionales. Pero deja sin examinar las cuestiones más profundas de cómo y por qué los estados (en particular las democracias modernas) definen sus intereses como lo hacen.