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El inestable occidente chino
Joshua Kurlantzick
De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2004

Wild West China: The Taming of Xinjiang. Christian Tyler, Londres, John Murray, 2003, 320 £20.00 (rústica £8.99)

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Resumen: La larga historia de opresión en la provincia de Xinjiang se detalla en tres nuevos libros. Como se muestra en ellos, el gobierno de Beijing siempre ha sido severo, pero nunca tan malo como en los últimos años.

Joshua Kurlantzick es corresponsal de asuntos extranjeros de The New Republic.

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Xinjiang: China's Muslim Borderland. S. FREDERICK STARR (coord.), M. E. Sharpe, Nueva York, 2004, 528 pp. US$89.95

Xinjiang-China's Muslim Far Northwest. MICHAEL DILLON, Routledge Curzon, Londres, 2003, 201 pp. US$95.00

Después de 1949, la brutal pacificación ejercida por Beijing sobre Xinjiang -- una vasta provincia en China occidental -- fue casi completamente desconocida en Occidente durante los siguientes 40 años. A diferencia de otros grupos perseguidos por China (como los tibetanos), los habitantes musulmanes de Xinjiang, los uigures, no han contado con ningún vocero angloparlante carismático, o una organización unificada en el exilio; los pocos uigures exiliados prominentes vivieron en Turquía, y pasaron la mayor parte del tiempo riñendo entre sí. Así, Xinjiang rara vez estuvo en la agenda de los gobiernos extranjeros y, ya que su región estuvo cerrada a los extranjeros durante largo tiempo, sólo unos cuantos académicos o grupos de derechos humanos pudieron estudiarla.

En la década pasada, sin embargo, se empezaron a filtrar noticias desde Xinjiang. Con el derrumbe de la Unión Soviética, China se vio de repente confrontada con sus vecinos recientemente independientes en Asia Central -- estados con lazos étnicos estrechos con los uigures turcos -- . Los uigures empezaron a viajar a dichos estados de Asia Central, Pakistán, Medio Oriente e incluso Estados Unidos; a veces regresaban a Xinjiang más determinados que nunca a luchar por su independencia. Preocupada por el crecimiento del separatismo uigur, Beijing intensificó su control sobre Xinjiang, convirtiendo a la región en la capital del mundo de la pena de muerte.

Pero a diferencia de los tiempos de las pasadas represiones, esta vez los gobiernos extranjeros y las organizaciones de derechos humanos empezaron a prestar atención, en parte debido a la mayor apertura de China, y en parte porque Asia Central se había convertido de repente en un importante productor de energéticos. En la región se encontraron enormes depósitos de petróleo -- hoy se sabe que Xinjiang cuenta con las reservas del energético más grandes de China -- , y las compañías petroleras extranjeras, con el apoyo de sus respectivos países, llegaron en masa a Asia Central. Alemania, Irán, Turquía, el Reino Unido y otros nuevos actores comenzaron a aumentar su presencia en la región. Beijing, preocupada por perder su influencia en ese lugar, aceleró sus propios planes para desarrollar a China occidental como un puente a Asia Central; estos planes incluyeron aumentar el movimiento migratorio de la etnia Han a Xinjiang.

Entonces, sobrevino el 11 de septiembre de 2001. Después de los ataques sobre las ciudades de Nueva York y Washington, D.C., Estados Unidos se introdujo a la fuerza en Asia Central, estableciendo bases militares en toda la región para combatir a los talibanes y a Al Qaeda -- bases que han ubicado a las tropas estadounidenses a pocos cientos de millas de la frontera china -- . De pronto, Xinjiang se encontró en el foco de la batalla entre China, Rusia y Estados Unidos por el control de Asia Central.

Dentro de esta mezcla tumultuosa aparecen ahora tres nuevos libros importantes sobre Xinjiang. El más accesible, Wild West China, es una historia general de la región escrita por Christian Tyler, ex corresponsal del Financial Times. Los otros dos, Xinjiang: China's Muslim Borderland, coordinado por S. Frederick Starr, jefe del programa de estudios sobre Asia Central de la Johns Hopkins University, y Xinjiang-China's Muslim Far Northwest, de Michael Dillon, de la Universidad de Durham, son intentos más académicos de dibujar un retrato tridimensional del pueblo de Xinjiang, su economía, religión, cultura y su peligrosamente tensa política. Debido a que China occidental estuvo cerrada en gran medida a los escritores extranjeros hasta principios de los noventa, y que Beijing ha restringido una vez más el acceso de los periodistas a la región desde el 11 de septiembre, los tres libros constituyen nuevos elementos valiosos que se suman a lo poco que se sabe en Occidente sobre Xinjiang.

Dillon y Starr hacen un buen trabajo al ubicar la actual participación de China en Xinjiang en su contexto histórico. Los dirigentes extranjeros siempre vieron la región como un lugar salvaje que necesitaba ser domado, y con frecuencia trataron a los uigures como ciudadanos de segunda clase. Sólo el Partido Comunista Chino (PCC), sin embargo, ha ido más allá para intentar destruir a los uigures por completo, en un proceso de supresión demográfica de facto.

Por desgracia, como Asia Central se ha vuelto más importante en los últimos años, Washington y los actores fundamentales de la región han sacrificado en lo esencial a los uigures por la geopolítica. Estados Unidos ha aceptado en gran medida el intento de China de vincular a los separatistas uigures con las redes terroristas islámicas internacionales, ocultando las legítimas preocupaciones de los uigures en el proceso. Washington incluso ha incitado esta vinculación y las medidas represivas aplicadas por Beijing a varios grupos uigures.

Estados Unidos, sin embargo, no necesita elegir entre Xinjiang y China. Podría defender al mismo tiempo los derechos de los uigures y entablar la guerra contra el terrorismo. Desafortunadamente, ninguno de estos tres libros ofrece mucha ayuda a este respecto, ya que sólo presentan sugerencias simplistas sobre cómo Occidente puede minimizar la represión por parte de Beijing y evitar que los uigures se radicalicen. No mencionan lo que podría ser un planteamiento mucho mejor: los extranjeros deberían utilizar las propias debilidades de China -- su dependencia del petróleo extranjero y su necesidad de mantener abierta su economía -- como una influencia para forzar a Beijing a moderar sus políticas represivas en Xinjiang.

LOS MALOS TIEMPOS DE ANTAÑO

La idea de Xinjiang como una entidad contigua es relativamente nueva. Como capta el colorido libro de Tyler, desde la era premoderna hasta mediados del siglo XVIII, Xinjiang la gobernaban a la distancia los imperios de Asia Central o no era gobernada en absoluto. Sus vastos y áridos desiertos dificultaban su conquista: a principios del siglo XX, el viajero consumado y arqueólogo británico Aural Stein visitó Xinjiang y se sintió abrumado por sus inhóspitas condiciones, maravillándose ante su "desolado desierto, llevando por doquier la impresión de la muerte". Cuando los mandatarios chinos lograron conquistar Xinjiang, encontraron que era casi imposible mantener allá grandes ejércitos. En 104 a.C., el emperador Wudi envió 60000 hombres a conquistar el oeste, y sólo 10000 regresaron con vida.

Con gran habilidad, Tyler resucita la historia premoderna de la región, utilizando anécdotas individuales para ilustrar su pasado salvaje, como la introducción del Islam sufí en el siglo X y el posterior desarrollo comercial de la Ruta de la Seda, que atravesaba Xinjiang. Los otros dos libros, más áridos pero llenos de hechos, completan el excesivo relato de Tyler con ricos detalles y evaluaciones más matizadas.

Aunque el lector tiene que buscar en la maraña de detalles en estos libros para encontrar los temas centrales, las implicaciones históricas de la Xinjiang moderna son claras. Tyler tituló su libro Wild West China porque la relación de los uigures con Beijing se parece a la de los nativos de Estados Unidos con Washington: en los siglos XVIII y XIX, cuando China empezó a convertirse en un estado con una identidad nacional distintiva, con su propia versión del destino manifiesto, los chinos empezaron a ver a Xinjiang como un lugar habitado por bárbaros que debían ser civilizados. Como resultado de lo que Tyler llama "orientalismo chino", Beijing incluso se convenció de que la indómita Xinjiang acogería con agrado la intervención de China, sin considerar como debía los lazos históricos y culturales de la región con el Cáucaso y Asia Central. Así, los chinos subestimaron la resistencia que Xinjiang presentaría ante la cultura Han.

Hacia finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX, cuando la dinastía Qing consolidaba su poder, empezó a expandir sus fronteras, casi duplicando el tamaño de China en un esfuerzo por protegerse, entre otras cosas, de las maquinaciones del Gran Juego de Rusia y del Reino Unido. Esta vez, cuando China conquistó Xinjiang llegó para quedarse, y aseguró la anexión de la región mediante tácticas brutales. Tyler describe la masacre de más de un millón de personas durante ese periodo, y James Millward y Peter Perdue, dos colaboradores del libro de Starr, detallan la creación por parte la dinastía Qing de pequeñas colonias militarmente autosuficientes en Xinjiang, precursoras de la enorme estructura militar china de la actualidad en ese lugar.

Durante los siguientes 200 años, las interacciones entre Beijing y los uigures montaron el escenario para las peores confrontaciones que sobrevendrían. De nuevo, los tres libros son mejores en relatar los detalles que los temas más amplios, pero aún logran poner de manifiesto unas cuantas constantes. El gobierno de China, incapaz de ver a los uigures como iguales de los Han, nunca les ofreció la autonomía. En lugar de ello, Beijing forzó a los nativos a realizar trabajos no remunerados y les prohibió ocupar cargos políticos locales. El desgobierno alimentó la ira local, dando como resultado una serie de levantamientos. En una revuelta sangrienta, en 1825, la población tribal mató a 8000 soldados chinos, provocando una dura respuesta del gobierno central.

En los albores del siglo XX, la pacificación china de Xinjiang seguía inconclusa. Con las rebeliones que habían debilitado a su gobierno central, el derrocamiento de la monarquía y el caos generalizado, China no pudo consolidar totalmente su dominio en el oeste. Los astutos jefes militares locales se aprovecharon de la distracción de Beijing, y, tres veces antes de 1949, los dirigentes uigures fundaron estados independientes de corta vida, que hoy permanecen como símbolos importantes para los uigures; como escribe Dillon; los billetes de banco de la última república libre de Xinjiang, aplastada en 1949, aún son reverenciados por muchos uigures como símbolos "de un estado que alguna vez existió y que existirá en el futuro". La última república de Xinjiang incluyó hasta una constitución relativamente democrática que prometía libertades de expresión, culto y reunión.

EL ASCENSO DE LOS RADICALES

A pesar de que los gobiernos Qing y nacionalista lograron conquistar Xinjiang, nunca intentaron colonizar la vasta región. Sin embargo, todo cambió después de que los comunistas tomaron el poder. Aunque algunos académicos consideran que ha sido continua la represión china en Xinjiang en los últimos siglos, los autores de estos libros están en lo correcto al señalar que el gobierno del PCC ha sido drásticamente diferente del de sus predecesores y que ha logrado radicalizar a algunos uigures como nunca antes se había hecho.

Si bien al principio prometió a Xinjiang una autonomía considerable, una vez que el PCC consolidó su control sobre el país en los años cincuenta, empezó a adoptar políticas mucho más estrictas hacia los uigures. Por primera vez en la historia, Beijing tenía una ideología radical que propagar y fronteras seguras para hacerlo. Pero la ideología comunista, combinada con la visión tradicional china de los uigures como bárbaros (la esposa de Mao Zedong fue famosa por su odio por las minorías étnicas) y con el temor de los grupos étnicos concentrados, causaron una tremenda devastación en Xinjiang. En toda China, el PCC tuvo bajo la mira a los ricos, los educados y los devotos, pero en Xinjiang el terror fue peor. Como escribe Millward en el libro de Starr, "sólo en Xinjiang el partido enfrentó una población islámica mayoritaria que no habla chino y que tiene una organización clerical bien establecida." Se cerraron miles de mezquitas, los imanes fueron encarcelados, los uigures que cubrían sus cabezas con pañuelos o vestían con otras indumentarias musulmanas fueron arrestados y, durante la Revolución Cultural, el PCC profanó intencionalmente las mezquitas al introducir en ellas cerdos. Muchos dirigentes musulmanes fueron simplemente asesinados. La lengua uigur fue purgada de los programas escolares, y miles de escritores uigures fueron arrestados por "defender el separatismo" -- que a menudo no significaba nada más que escribir en uigur -- . Mientras tanto, Beijing obligó a los campesinos nómadas de Xinjiang a vivir en granjas colectivas, las cuales, debido a la limitada tierra cultivable de la región, fueron aún menos productivas que las de otras zonas del país. Las cicatrices dejadas por esas políticas equivocadas siguen hoy vigentes, y muchas de las partes más verdes de Xinjiang se están convirtiendo en desiertos.

Durante el periodo de posguerra, el PCC también comenzó una campaña para cambiar la demografía en Xinjiang, a la vez que también explotaba sus recursos naturales para alimentar a las ciudades chinas orientales en crecimiento. Beijing impuso el control natal a los uigures y simultáneamente alentó una enorme emigración Han a la región mediante incentivos económicos o simplemente forzando a los chinos a trasladarse hacia el oeste. Las consecuencias de estas políticas fueron devastadoras: mientras que en 1941 los uigures constituían más de 80% de la población de Xinjiang, para 1998 el porcentaje era menor de 50%. Urumchi, la ciudad más grande de Xinjiang, es hoy una metrópoli Han, y los pocos uigures viven confinados en pequeñas áreas, guetos, en donde posan para ser fotografiados por los visitantes a quienes también venden desesperadamente alfombras baratas en la calle.

Starr y Dillon dicen que tales políticas han tenido dos efectos contradictorios sobre Xinjiang. Algunos uigures simplemente se han dado por vencidos. Cerca de 500000 se pasaron a la Unión Soviética a principios de los sesenta o se volcaron hacia las drogas; Xinjiang tiene hoy un serio problema con la heroína y también, por lo tanto, un problema importante de VIH. Otros, sin embargo, se han rebelado. Starr señala que al tener como objetivo a los uigures por su pertenencia étnica y su religión, Mao fue el primer dirigente chino en "alimentar uno de los movimientos centrípetos más serios en la larga historia de Xinjiang: el ascenso de la identidad pan-uigur". En efecto, debido a las políticas de Beijing, en vez de pelear entre ellos, como los uigures lo han hecho durante años, después de 1949 muchos empezaron a resolver sus diferencias intraétnicas y a crear un sentimiento de solidaridad uigur. Hacia 1954, los levantamientos uigures comenzaron a estallar en la ciudad de Khotan, y en los sesenta en Xinjiang se resistió con más fuerza la Revolución Cultural que en la mayoría de otras partes de China.

Después del derrumbe de la Unión Soviética, los uigures vieron a sus primos de Asia Central fundar estados soberanos, y se detonó la resistencia al dominio chino. En la década de 1990, grandes cantidades de uigures se concentraron en las calles de las ciudades de Xinjiang. Dillon escribe que, como incendios clandestinos, estas protestas eran difíciles predecir: "llamas de ira ocultas imposibles de extinguir, que estallan de tiempo en tiempo en lugares insospechados". A veces se volvían violentos: en un enfrentamiento particularmente sangriento en el pueblo de Baran, en 1990, cerca de 3000 uigures fueron asesinados en una batalla con la policía china. Surgieron muchas nuevas organizaciones separatistas -- la mayoría, pero no todas, promovían la no violencia -- . Uno de esos grupos, el Congreso Nacional de Turkestán Oriental, ha abogado por crear un gobierno democrático secular en Xinjiang. Pero otros grupos han tomado como objetivos instalaciones chinas en Xinjiang, y en ocasiones en Beijing, con campañas explosivas.

Mientras tanto, creció el interés por el Islam, gracias a la intolerancia del Estado y a la mayor exposición de los uigures en otras sociedades musulmanas. Aunque Xinjiang no tiene una verdadera tradición de ortodoxia estricta o radicalismo islámico, el Islam empezó a parecer uno de los mejores medios para resistir el control de Beijing. Los varones jóvenes uigures comenzaron a realizar reuniones clandestinas maxrap para discutir los temas religiosos y políticos actuales, y se ha elevado la asistencia a las mezquitas.

Beijing ha respondido a este último incremento del nacionalismo uigur con una campaña titulada, con una declaración implícita típicamente china, "Golpear duro, represión severa". En los noventa, miles de uigures fueron arrestados, y muchos fueron ejecutados en concentraciones públicas. Después del 11 de septiembre de 2001, el número de arrestos se incrementó en forma pronunciada, y Beijing se embarcó en una propaganda de campaña masiva para vincular a los uigures con Al Qaeda. El gobierno de China, supuestamente con pocas pruebas, afirmó que más de 1000 uigures habían viajado a Afganistán para entrenarse con Al Qaeda y otros grupos fundamentalistas islámicos, y culpó al mismo Bin Laden de haber ofrecido grandes sumas de dinero a los uigures para crear una campaña terrorista fundamentalista en Xinjiang. Si bien el Congreso Nacional de Turkestán Oriental ha condenado explícitamente a Al Qaeda y hay pocas señales de que los uigures tengan vínculos con los grupos terroristas internacionales fundamentalistas, Beijing anunció a principios de este año que la campaña "Golpear duro" se extendería indefinidamente.

INDIFERENCIA (MAL)CALCULADA

Desafortunadamente, los países extranjeros, entre ellos Estados Unidos, han permitido la dura represión china sobre los uigures. Los volúmenes de Tyler y Starr omiten con mucha frecuencia esta complicidad. Para empezar, países de Asia Central y Occidente han sido demasiado crédulos en aceptar que la batalla de Xinjiang es parte de la gran guerra contra el terrorismo. Este resultado puede explicarse, en parte, por la creciente influencia económica de China, que le ha permitido, por ejemplo, convencer a la Organización de Cooperación de Shanghai (conformada por China, Rusia y varios estados de Asia Central) de concentrarse en el antiterrorismo. Beijing también ha convencido a los países de Asia Central de deportar a los "terroristas" uigures -- a menudo simples miembros de grupos separatistas uigures no violentos -- a China para procesarlos, así como impedir que los grupos uigures en el exilio operen en su territorio.

Incluso Washington ha participado. Al negarse a definir a los opositores en su guerra contra el terrorismo, el gobierno de Bush ha permitido que China ubique a sus separatistas en el mismo grupo que Al Qaeda. Estados Unidos ha colaborado incluso, en ocasiones directamente, con las medidas represivas de Beijing -- al ubicar a un oscuro grupo separatista uigur, el Movimiento Islámico de Turkestán Oriental, en la lista de organizaciones terroristas globales del Departamento de Estado, por ejemplo -- . Según dicen Graham Fuller y Jonathan Lippman, dos colaboradores del libro de Starr, esta "declaración estadounidense [fue] catastrófica" para los uigures. Estados Unidos, anteriormente el principal defensor de los derechos de los uigures (Radio Free Asia es una fuente primaria de información en lengua uigur), ha dado ahora a Beijing "carta blanca para designar a todos los movimientos nacionalistas uigures [ . . . ] como 'terroristas'".

Lamentablemente, los tres libros eluden pronosticar cómo responderán los uigures ante las últimas medidas represivas. Starr está en lo correcto al reconocer que los uigures -- debido al ascenso en las tasas de VIH, la destrucción ambiental y social causada por la migración masiva, una nueva influencia del chino Han, la propaganda contra los uigures más sofisticada también desde Beijing, y la percepción de la pérdida de su mayor aliado, Estados Unidos -- se encuentran hoy más desesperados de lo que lo han estado desde 1949. Aunque ninguno de los autores lo escribe con todas sus letras, esta presión podría hacer que los uigures se radicalicen aún más y vuelquen hacia los mismos grupos fundamentalistas islámicos con que Beijing los ha acusado de cooperar.

Además, como la transportación mejora dentro de China, cada vez más uigures harán causa común con otros grupos descontentos en la República Popular China. Algunos dirigentes uigures ya han entrado en contacto con exiliados tibetanos y dirigentes laborales chinos, y grupos de uigures en el exilio han empezado a emular el modelo tibetano, utilizando internet para intentar acercarse a los grupos internacionales de derechos humanos.

Ninguno de los libros, sin embargo, ofrece fórmulas realistas sobre cómo la comunidad internacional puede ayudar a prevenir la radicalización de Xinjiang. Los autores dedican unas cuantas y breves páginas a invitar a los actores extranjeros para presionar a Beijing para restaurar las libertades en Xinjiang, pero no analizan la mejor manera de hacerlo. Es cierto, Washington no debería ser cómplice de las medidas represivas de Beijing al poner a los grupos uigures en las listas del terrorismo global, y el presidente George W. Bush podría tomar una página del guión actoral de Ronald Reagan, quien mantuvo relaciones con un adversario comunista (en ese caso, la Unión Soviética) mientras simultáneamente pronunciaba importantes discursos sobre la necesidad de proteger los derechos humanos.

Pero no es muy útil sólo sugerir que China deberá poner un alto a su represión, sin exponer cómo o por qué debe hacerlo. Washington no es impotente.

Podría, por ejemplo, convencer a las pocas naciones que en realidad tienen influencia sobre China -- a saber, los productores de crudo en el Golfo Pérsico -- de que ayuden a proteger a los uigures de una mayor marginación. En las próximas dos décadas, mientras se expande la economía china, ésta se convertirá en la importadora de petróleo más grande del mundo. El occidente chino ya ha sufrido importantes déficit de energéticos, y el Departamento de Energía de Estados Unidos estima que las importaciones chinas de crudo subirán casi 1000% en los próximos 20 años. Por consiguiente, China ha empezado a intentar ganarse a Arabia Saudita y a otros productores de petróleo del Golfo Pérsico. En el pasado, cuando los estados del Golfo expresaron su preocupación por su compromiso con los amigos musulmanes en Xinjiang, Beijing respondió favorablemente; hoy estas naciones del Golfo deberían presionar a China para que permita más autonomía a los uigures, como incluso han considerado algunas autoridades del PCC.

De mayor importancia, Estados Unidos podría presionar a China a liberar la economía de Xinjiang, de la misma forma en que ha abierto la economía de la China costera. Xinjiang es uno de los pocos lugares que todavía quedan en China en donde el Estado sigue dominando la actividad económica. Las fuerzas armadas, las compañías petroleras estatales y las empresas constructoras estatales representan, juntas, más de 80% de los activos industriales de la provincia y favorecen a los trabajadores e inversionistas de la etnia Han. Si Beijing redujera el control del Estado, haciendo las cosas más fáciles para que los emprendedores privados en Xinjiang prosperen, probablemente los uigures también se beneficiarían, ya que tienen los mejores vínculos con los comerciantes de Asia Central. Es cierto que, en las pocas zonas de Xinjiang donde el Estado desempeña un papel menor en la economía -- los bazares de Kashgar y otras ciudades del sur -- , los comerciantes uigures ya dominan estos sectores de la economía. Flexibilizar las restricciones económicas debería, por lo tanto, ser la mejor manera de poner un límite a la crisis de Xinjiang. Una clase media uigur, con cierta libertad económica y autonomía limitada, sería menos propensa al radicalismo. Ése es un resultado que interesa a todos, incluido Beijing, lo reconozca o no.





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