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Chile democrático M. Victoria Murillo De Foreign Affairs en Español, Julio-Septiembre 2004 Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet. Patricio Navia, Santiago de Chile, La Tercera-Mondadori, 2004, 351 pp. 11.305 pesos chilenos Resumen: Aunque se diga lo contrario, la dictadura de Pinochet y su etapa posterior es lo que ha conformado el Chile actual. En el último cuarto de siglo se han dado transformaciones sociales que han hecho al país más inclusivo y tolerante; sin embargo el trabajo aún no está terminado. María Victoria Murillo (doctora por la Harvard University) es profesora de Política Latinoamericana en el Departamento de Ciencia Política de la Yale University, y ha sido investigadora de la Harvard Academy for International and Area Studies. Entre sus publicaciones destacan Labor Unions, Partisan Coalitions, and Market Reforms in Latin America (Cambridge University Press, 2001) y numerosos artículos sobre la economía política latinoamericana, entre ellos "Tango de un desencanto anunciado", publicado en el vol. 2, núm. 2, de esta revista.
Desde su título, esta colección de ensayos sobre el Chile democrático, presenta una visión provocadora que vincula el discurso final de Salvador Allende antes de su inmolación en La Moneda con el legado de la dictadura que puso fin a su vida. Citando a Navia: "las políticas económicas de la dictadura contribuyeron a sentar los cimientos de esas grandes alamedas que vieron avances concretos y consolidación acelerada durante los gobiernos de la Concertación en la última década del siglo XX". El Chile post-Pinochet, el que "llega a la mayoría de edad", comienza para Navia cuando el ex dictador abandona uno de los principales amarres impuestos a la transición democrática y se retira del Ejército. Su detención en Inglaterra, el posterior retorno a su país y su salida del espectro político (incluso para la derecha) inician el comienzo de un nuevo Chile. Navia escribe desde ahí. Situándose como observador a la vez interno (partícipe de la Concertación de Partidos por la Democracia y columnista político) y externo (mirando a Chile desde Estados Unidos), analiza la política chilena combinando el agudo análisis político y la frescura de quien por su generación no recuerda el Chile pre-Pinochet. La combinación es efectiva e iluminadora para comprender la realidad actual y los nuevos desafíos de la política chilena. Su comparación entre el Chile actual y el mítico del pasado es reveladora de las transformaciones sociales que ayudaron a conformar una sociedad de masas donde el tradicional elitismo de la política ha sido erosionado. Si bien parte de las transformaciones que son resultado de tendencias de largo plazo (como el aumento en la expectativa de vida), otras derivan de políticas económicas y sociales específicas de Chile (como las políticas contra la pobreza desde 1990). La consecuencia de un nuevo Chile no solamente se muestra en la aparición de los shopping malls sino también en la de un nuevo electorado que no siempre es comprendido por las élites políticas. Éstas tienen la marca del voto en el plebiscito de 1988, que definió un récord de participación política cuando casi 90% de los chilenos en edad de votar ejercieron su derecho cívico al iniciar la transición democrática y estableció el sistema de dos coaliciones políticas que aún sigue en pie. Sin embargo, en el nuevo Chile los jóvenes no son absorbidos por este sistema político: dos tercios de los chilenos entre 15 y 29 años no estaban inscritos para votar en 2002. La clase media percibe ingresos muy inferiores de los que la élite gobernante asocia con ella y no refleja sus valores. La asignatura pendiente de la Concertación (disminuir la desigualdad social además de la pobreza) no es atacada de un modo que vincule a las élites y los votantes. Esta asignatura pendiente generó la división entre actores "autocomplacientes" y "autoflagelantes" dentro de la Concertación. Navia acusa a ambas facciones de elitismo y desconexión con la gente por no poder asumir la herencia económica pinochetista que permitió los logros de los dos primeros gobiernos democráticos. En su mirada prospectiva, no obstante, Navia lamenta que el nuevo Chile olvide el pasado, incluidos sus ancianos, y que el presidente socialista Lagos, en su toma de posesión, eludiera mencionar a Allende. Sin embargo, ese olvido implica una continuidad con un pasado de proyectos que buscaban la ruptura más que la tolerancia de diversas visiones. Desde la "revolución en libertad" de Frei, a la "revolución con empanadas y vino" de Allende, hasta la "reconstrucción nacional"de Pinochet, todos establecían nuevos sistemas que implicaban tablas rasas respecto del pasado. Lo mismo se percibe en el afán protagónico del presidente Lagos (que afecta la efectividad de su gabinete) y su vocación por hacer historia. Navia designa a Lagos como el último presidente del siglo XX y el afán presidencial por marcar su época, tan característica de la política chilena del siglo pasado, parece confirmar la evaluación. Lagos, sin embargo, protagonizó la primera elección competitiva del nuevo Chile en 1999 y Navia mismo indica que la próxima elección presidencial de 2005 restablecerá el requisito de incertidumbre sobre el resultado que requieren las democracias, aunque en lo legislativo los distritos binominales garanticen el resultado casi independientemente de los votos y los senadores designados sigan violentando los principios democráticos. El nuevo Chile es más inclusivo y tolerante que su antecesor (uno donde incluso dos mujeres parecen tener la posibilidad de competir por la candidatura presidencial de la Concertación). Sin embargo, es un país que aún debe perfeccionarse para establecer patrones competitivos de acceso al poder, de movilidad social y de prestación de servicios sociales. En su conclusión, Navia reflexiona sobre el Chile del futuro y vuelve a la observación militante: será un Chile más justo y tolerante, dice, recordando al lector los afanes de cambio de las generaciones anteriores aunque en su caso reclame reconocer el legado de sus antecesores. |
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