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México y Cuba. Amigos desleales Rafael Rojas De Foreign Affairs En Español, Julio-Septiembre 2004 Resumen: Durante los últimos seis años, la diplomacia cubana se ha caracterizado por encontrarse episódicamente con México, pero fue a partir de que Vicente Fox llegó a la presidencia del país que las tensiones con el gobierno cubano aumentaron. Para Fidel Castro, y también para la izquierda mexicana, sería mucho más cómodo seguir manteniendo unas convenientes relaciones con los priístas tradicionales, quienes no cuestionaban su manera de gobernar la isla. Sin embargo, ese deseo es imposible porque tanto Cuba como México han cambiado. Rafael Rojas es doctor en Historia por El Colegio de México, profesor e investigador del CIDE. Sus últimos libros son La escritura de la independencia. El surgimiento de la opinión pública en México, Taurus, México, 2003 y, en coautoría con Velia Cecilia Bobes, La transición invisible. Sociedad y cambio político en Cuba, Océano, México, 2004.
La participación de Cuba en la política interna de México, que se basa en el todavía importante capital simbólico de la Revolución cubana en la mentalidad mexicana, difícilmente podría asociarse con ejercicios de "intromisión" o "injerencia" propios de la Guerra Fría. Por tratarse de una diplomacia opositora, esa participación recurre a prácticas desleales contra el gobierno de México que La Habana emprende como respuestas o castigos por acciones que le resultan ofensivas. El asalto a la embajada mexicana en La Habana, que hasta hoy no ha sido plenamente esclarecido, y la revelación pública de la conversación telefónica entre los presidentes Fox y Castro a propósito de la Cumbre de Monterrey, en 2002, podrían interpretarse como vendettas contra la reunión del presidente Fox con los disidentes cubanos y contra el voto en Ginebra. De la misma manera podrían entenderse la deportación sorpresiva de Carlos Ahumada, la declaración del gobierno cubano que la acompañó, el discurso de Fidel Castro del 1° de mayo y varios pasajes de la conferencia de prensa del canciller cubano Felipe Pérez Roque, el 5 de mayo. En medio de un clima crispado por la rivalidad electoral, esas prácticas desleales son recibidas sin mucha resistencia y, en algunos casos, con agrado por los principales actores políticos y buena parte de la opinión pública. De hecho, la percepción más extendida es que esas intervenciones afirman la credibilidad moral del gobierno de Cuba frente a la dependencia que el gobierno de México experimenta en sus relaciones con Estados Unidos. Es por ello que en la cultura política de la actual transición mexicana resultan igualmente sintomáticas algunas reacciones de la derecha frente a la crisis, que apelan a viejos códigos anticomunistas, patrióticos o de seguridad nacional, y algunas reacciones de la izquierda, que prácticamente anteponen sus simpatías ideológicas por el gobierno de Fidel Castro al consentimiento de ser gobernados por un régimen democrático. Frente a Cuba, la derecha globalizada se vuelve nacionalista y la izquierda altermundista se vuelve transnacional. Otra reacción curiosa y bastante generalizada de la opinión pública mexicana, durante la crisis, fue la contraposición entre el manejo racional y autoritario del diferendo diplomático por parte del gobierno de Fidel Castro y, en especial, de su canciller Felipe Pérez Roque, y la conducción por momentos errática y cambiante de las secretarías de Gobernación y de Relaciones Exteriores de México. El comportamiento desigual de ambas secretarías -- más flexible en la Cancillería y menos condescendiente en Gobernación -- , natural en un gobierno democrático bajo presión electoral, fue percibido como incoherencia frente al estilo unitario y hermético de La Habana. En esas percepciones surgió cierta nostalgia por los años del autoritarismo priísta, cuando era ostensible el trazo y la ejecución de una política de Estado, profesional pero poco transparente, que se imponía sobre las prioridades inmediatas de una diversidad de actores políticos. La crisis diplomática entre México y Cuba evidenció otra añoranza más significativa: junto con una élite gobernante más profesional y coordinada, se echó de menos un deslinde oportuno y enérgico frente a la estrategia punitiva de Estados Unidos contra la Isla. En este punto, el de las relaciones triangulares con Estados Unidos y Cuba, el impacto de la crisis podría traer consecuencias importantes para el reajuste de la política exterior mexicana en 2006. Por lo visto, lo que estará en juego ese año no sólo será qué partido y qué dirigente gobernarán México hasta 2012, sino qué relación de continuidad o ruptura establecerá el próximo gobierno con el modelo democrático y de integración comercial y migratoria con América del Norte, construido a mediados de los noventa. CONCLUSIÓN La crisis diplomática entre México y Cuba podría interpretarse desde tres perspectivas temporales. En la corta duración, esa crisis arranca con el congelamiento de las relaciones anunciado por los secretarios mexicanos Creel y Derbez el 2 de mayo de 2004, y podría concluir con el restablecimiento de los embajadores y las misiones diplomáticas, antes de que finalice la gestión de Vicente Fox. En la mediana duración, dicha crisis está relacionada con las elecciones presidenciales de 2006 y la manera en que el partido y el candidato vencedores diseñen su política hacia Estados Unidos y Cuba. ¿Mantendrán en la agenda bilateral los temas complicados de derechos humanos y reconocimiento de la oposición leal? ¿Los reformularán? ¿Los desecharán, en un intento de regresar a la neutralidad priísta? Pero el diferendo cubano-mexicano también tiene implicaciones para la larga duración histórica de ambos países, ya que México deberá decidir, en los próximos años, el papel que desea desempeñar en la inevitable transición cubana y, sobre todo, deberá proyectar el sentido de ese rol frente a la agresiva política de Estados Unidos hacia la Isla. Durante los dos últimos siglos, la estrategia de México hacia Cuba y el Caribe buscó consolidar el equilibrio regional por medio de una compensación de la hegemonía estadounidense. ¿Dejará de hacerlo ahora? ¿Cómo ejercer esa diplomacia compensatoria sin desentenderse de la transición democrática o favorecer la corriente más reacia al cambio en Cuba? Ambas preguntas tendrían que colocarse en el centro del debate sobre la nueva política exterior mexicana.
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