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Relaciones boliviano-chilenas, a 100 años del Tratado de Paz y Amistad Javier Murillo de la Rocha De Foreign Affairs En Español, Julio-Septiembre 2004 Resumen: Desde hace 125 años, las relaciones entre Chile y Bolivia han sido conflictivas. Bolivia ha resultado la parte más perjudicada económicamente. El resentimiento generado en los bolivianos ha ido en aumento a través del tiempo y Chile ha hecho poco para que esto cambie. Actualmente Bolivia se encuentra ante el negocio de su vida, exportar gas natural, pero el haber cedido su litoral a Chile hace 100 años y el poco espíritu conciliador chileno le complica las cosas y sólo aviva más su antipatía. Javier Murillo de la Rocha fue ministro de Relaciones Exteriores de Bolivia, de 1997 a 2001.
Si la historia la escriben los que ganan y aun así nos da claro testimonio de la expoliación producida por los países más ricos a los más pobres, la magnitud de tal despojo habrá sido sin duda descomunal. El 17 de octubre de 2003, luego de una conmoción social que produjo muchas víctimas fatales, el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, a sólo 14 meses de asumir el mando constitucional, fue expulsado del poder y optó, precipitadamente, por abandonar el país. La protesta ciudadana se nutrió de varias vertientes: la falta de atención oportuna del gobierno a la severa crisis económica de Bolivia. La falta de credibilidad del mandatario por los efectos negativos de la capitalización de las principales empresas estatales que realizó durante su primera gestión (1993-1997) y su pertinaz insistencia en la misma política, desoyendo las demandas urgentes de la mayoría de los bolivianos. Y la resistencia de los pobladores del altiplano y de las ciudades de El Alto y La Paz, quienes sometieron a un sitio por varios días a la sede del gobierno, aglutinados bajo la consigna "nada por Chile ni para Chile". El 14 de febrero de 1879 Chile ocupó militarmente el litoral boliviano, desatando la llamada Guerra del Pacífico. Las causas económicas y políticas forman parte del registro histórico, lo mismo que el detalle de las operaciones bélicas. Lo cierto es que Chile inició su vida republicana con un territorio reducido en espacio y muy limitado en recursos naturales. Vio como una seria amenaza para su seguridad externa la posibilidad de un creciente desarrollo de sus vecinos, especialmente de Argentina y Perú. Sus prioridades se orientaron, entonces, a superar esos factores que le eran adversos, sin reparar en los medios. En 1836 el mariscal boliviano Andrés de Santa Cruz logró, al fin, concretar la Confederación Perú-Boliviana, recogiendo viejos anhelos secularmente enraizados en ambas naciones. Desde ese mismo instante, destruir la Confederación se convirtió para Chile en una razón de Estado. Sus temores los resume, sin ambages, el estadista chileno Diego Portales cuando escribe al general Blanco Encalada, en momentos en que este jefe militar preparaba el combate contra Santa Cruz: "Unidos estos dos estados -- le dice -- serán siempre más que Chile. [...] La Confederación debe desaparecer para siempre jamás del escenario de América". Después de ese primer intento fallido, Chile alcanzó su objetivo, en 1839, al derrotar al ejército del Protector Santa Cruz en la batalla de Yungay. En los años siguientes, mientras crecía el poderío militar de Chile, se confiaría a la acción diplomática y a los grandes intereses empresariales, vinculados al capital transnacional, la tarea de promover los avances hacia el norte (el desierto de Atacama) y generar las confusiones jurídicas que más adelante servirían de pretextos para la expoliación. Por aquel tiempo se habían descubierto en dicho territorio boliviano inmensos depósitos de nitratos y gigantescos yacimientos minerales. Tales reservas resolverían el segundo factor adverso para el crecimiento de Chile: la falta de recursos naturales. El 6 de febrero de 1873, Bolivia y Perú suscribieron un Tratado de Alianza Defensiva "para garantizar mutuamente su independencia, su soberanía y la integridad de sus territorios respectivos". Chile sabía que no podía esperar mucho tiempo. Aceleró sus planes, pero también sabía que primero debía solucionar el diferendo con Argentina sobre el territorio de la Patagonia. Se empeñó en este propósito y zanjó temporalmente el problema mediante un acuerdo para someter la controversia al arbitraje internacional. Ello se concretó en diciembre de 1878; sólo dos meses antes de la ocupación del litoral boliviano, que ocurrió en febrero de 1879. En medio de una serie de desencuentros, que se presentarían a lo largo de toda la contienda, Bolivia y Perú debieron afrontar la guerra. Las consecuencias de la derrota fueron mucho más duras para la nación boliviana. Los antiguos aliados acordaron, por separado, los términos de la paz. No tuvieron otra salida. Primero fue con Perú, mediante la cesión a perpetuidad de la provincia de Tarapacá, lo cual se estipuló en el Tratado de Ancon, suscrito en 1883. Respecto de Tacna y Arica la solución definitiva se aplazó hasta que un plebiscito decidiera el destino de ambas provincias, cuya verificación debía realizarse a los 10 años desde la ratificación del citado instrumento. En vista de que tal plebiscito jamás tuvo lugar, el 3 de junio de 1929, ambos estados definieron, mediante tratado, que Tacna quedara bajo la soberanía peruana y Arica se incorporara a la de Chile. Pero, además, se pactó un protocolo secreto que estipuló que Los gobiernos del Perú y Chile no podrán, sin previo acuerdo entre ellos, ceder a una tercera potencia la totalidad o parte de los territorios que, en conformidad al tratado de esta misma fecha, quedan bajo sus respectivas soberanías, ni podrán, sin ese requisito, construir, a través de ellos, nuevas líneas férreas internacionales. El Tratado de Ancon y el de Lima constituyen lo que muchos historiadores han calificado como "el doble cerrojo" para determinar el enclaustramiento geográfico boliviano. A partir de la cesión de Tarapacá a Chile, Bolivia no podría recuperar una salida soberana al Océano Pacífico por su antiguo litoral, porque ello supondría dividir en dos el territorio chileno. A partir del Protocolo Adicional al Tratado de Lima (la cláusula secreta) se introdujo un obstáculo adicional, porque para hacerlo por ex territorios de Perú tropezaría con la oposición de este país a cualquier solución que interrumpiera la unidad socioeconómica entre Tacna y Arica, objetivo al que Perú condicionó su consentimiento en oportunidad de la consulta que recibió con motivo de las negociaciones emprendidas en 1975. Es posible que, en las circunstancias actuales, tal exigencia se haya flexibilizado. En abril de 1884, Bolivia no tuvo más remedio que aceptar los términos del Pacto de Tregua, que suscribió con Chile. La ciudad de La Paz estaba amenazada desde Puno. Ahí comenzó el triste historial del supuesto libre consentimiento para aceptar los acuerdos que se sucederían en el tiempo. El escritor y diplomático Walter Montenegro lo refleja nítidamente en su obra Oportunidades perdidas:
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