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Las otras WMD dirigidas a Estados Unidos
Clyde Prestowitz
De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2004

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Resumen: En el momento en que Estados Unidos se dio cuenta de que las amenazas a su seguridad incluían a un México pobre e inestable, se promovió el TLCAN. El propósito era generar crecimiento y por ende estabilidad. Sin embargo, Estados Unidos no se ha ocupado de crear fondos de ajuste o cohesión para México ni ha cumplido con algunas de las disposiciones del tratado, por lo que su seguridad sigue estando amenazada por otro tipo de armas de destrucción masiva.

Clyde Prestowitz es presidente del Economic Strategy Institute, de Washington, D.C. También es autor de Rogue Nation: American Unilateralism and the Failure of Good Intentions.

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Tras el 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos se hizo frecuente la pregunta "¿Por qué nos odian?" Los estadounidenses se daban tres respuestas: 1) Odian nuestra libertad y nuestros principios democráticos. 2) Envidian nuestra prosperidad. 3) Somos el país que está en la cúspide, y al que está encumbrado siempre se le culpa de todo. Con estas autocomplacientes respuestas los estadounidenses nos sacudimos la necesidad de cualquier indagación sobre los efectos que causan nuestras acciones y políticas, y nos han permitido concentrarnos, casi como una obsesión, en cambiar los regímenes de las que hemos catalogado como "naciones villanas". Al pensar y actuar de esta manera, hemos cerrado los ojos ante el hecho de que cada vez más gente de todo el mundo, entre ella muchos amigos nuestros, constantes y de mucho tiempo, considera que Estados Unidos parece ser más y más la Nación Villana.

Toda una variedad de acciones y actitudes han dado lugar a esta creciente percepción negativa de Estados Unidos. En términos de medidas de política, quizá la acción más simbólica para gran parte del mundo haya sido la gratuita y áspera renuncia al Protocolo de Kyoto encaminado a contener el calentamiento global. En ella, el país más opulento del mundo decía con todas sus letras que no adoptaría ninguna de las medidas que la mayoría de sus aliados habían acordado porque al hacerlo podría desacelerar el crecimiento económico de Estados Unidos y porque "el modo de vida estadounidense no está sujeto a negociación". Esto pareció tan egocéntrico que pronto se convirtió en un icono del unilateralismo del país. Sin embargo, no se le habría considerado tan terriblemente excesivo si no hubiera sido precedido por toda una variedad de rechazos a tratados internacionales, de los cuales muchas de sus negociaciones habían sido iniciadas por el propio Estados Unidos. Además del Protocolo de Kyoto, sea bajo presidentes republicanos como demócratas, Estados Unidos rechazó los tratados que establecía la Corte Penal Internacional, que proscribían el uso de minas terrestres, restringían el comercio internacional de armas pequeñas, impedían los ensayos de armamento nuclear, proscribían los misiles antibalísticos, restringían la guerra química y biológica, garantizaban los derechos de las mujeres y los niños, y prohibían el genocidio. Para muchos, parece que Estados Unidos no es capaz de firmar un tratado, y por ello envía el mensaje implícito de que, de alguna manera se merecería un trato especial con un conjunto de reglas para sus propias acciones y otro para el resto de los países. La percepción de esta doble normatividad se refuerza con otras contradicciones de la política exterior estadounidense. Por ejemplo, aunque preconiza el libre comercio y se vale de su enorme influencia para abrir los mercados externos a sus exportaciones y su inversión, protege y subsidia a un gran número de industrias y mercancías primarias en su propio mercado. En efecto, las recientes pláticas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) no lograron su cometido en buena parte por la negativa estadounidense a reducir significativamente sus subsidios agrícolas, como en el caso del algodón, que están destruyendo literalmente los medios de vida de los algodoneros pobres de África y Asia. O considérese la democracia: mientras Estados Unidos preconiza la democracia como si fuera una religión, muchos de sus socios y aliados distan mucho de ser democracias auténticas. Luego están las inconsistencias derivadas de la indulgencia con que Estados Unidos ve su propio estilo de vida. Aun cuando se presiona con intensidad a Arabia Saudita y otros países para que controlen los flujos financieros y restrinjan las transacciones de las instituciones de beneficencia que podrían estar financiando a Al Qaeda, los estadounidenses insisten en conducir vehículos deportivos de uso práctico (los SUV, por sus siglas en inglés) que sólo ofrecen 12 a 15 millas por galón de gasolina que cuesta menos de dos dólares por galón. El hecho de que ello haga que Estados Unidos dependa mucho, y cada vez más, del petróleo de Medio Oriente (cosa que a fin de cuentas es fuente de gran parte del financiamiento de Al Qaeda), no es reconocido por los estadounidenses. Pero sí es algo que sabe el resto del mundo.

Para terminar, está el abandono, por parte del gobierno de Bush, de la doctrina estratégica estadounidense que imperó en los últimos 50 años. Durante la Guerra Fría, la estrategia se caracterizó por la disuasión y por "no atacar primero". Ahora, después del 11 de septiembre, el presidente Bush anunció una nueva doctrina de guerra anticipada y preventiva basada en la idea de que los terroristas y los estados que los acogen no pueden ser disuadidos y de que, en consecuencia, es necesario golpearlos antes de que ataquen a Estados Unidos. La mejor expresión de los intereses que ha planteado esta nueva doctrina, incluso entre antiguos amigos y aliados de Estados Unidos, es la de Étienne Davignon, presidente de la Société Générale de Belgique, ex comisionado de la Unión Europea y estadista europeo de larga data. Durante un desayuno hace un año me dijo:

Ustedes los estadounidenses parecen haber dado la espalda a todo lo que pensábamos que ustedes buscaban. Al concluir la Segunda Guerra Mundial ustedes parecían aún más poderosos relativamente de lo que lo son hoy. Tenían la mitad del PIB mundial, además del monopolio nuclear. Podrían haber hecho lo que quisieran, y lo más sorprendente fue que ustedes definieron sus intereses nacionales en términos de una visión global de un sistema que operaría según un duro imperio del derecho, sostenido en instituciones multilaterales como las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y defendido por alianzas como la OTAN. Ustedes abrazaron la construcción de naciones mediante el Plan Marshall y el Plan Dodge y diluyeron su propio poderío en esas instituciones y alianzas. Desde luego, ustedes eran el miembro más poderoso y solían salirse con la suya, pero admitieron cierto grado de consulta y consenso que requería la persuasión más que la imposición. Ello constituyó una visión y una estrategia muy atractivas porque abarcaba los intereses de sus aliados, y todos las abrazamos con vehemencia. Pero hoy, ustedes no quieren instituciones ni alianzas. No quieren consultas. Más bien quieren actuar por su cuenta o con una "coalición de los dispuestos", y quieren atacar primero y preguntar después. Eso no nos atrae. Los europeos, bien a bien, conocemos esa estrategia. Venimos de eso, y por ello abrazamos su nueva visión. Si el futuro ha de ser así, podemos decir que ya lo hemos visto y que no es para nosotros.

Por lo tanto, como resultado de la excepcionalidad, la autoindulgencia, la hipocresía y el abandono de la estrategia multilateral que permitió ganar la Guerra Fría, Estados Unidos se distanció de sus amigos y despilfarró las grandes reservas de buena voluntad en el planeta.

EL CASO DE AMÉRICA LATINA

En el caso de América Latina la situación se ha tornado especialmente grave. De ello me di cuenta hace casi un año, cuando desayuné en la ciudad de México con quien fuera secretario de Hacienda José Ángel Gurría. Hablábamos de la posibilidad de la guerra contra Irak provocada por la negativa de Saddam Hussein a permitir las inspecciones relacionadas con las supuestas armas de destrucción masiva (WMD, por sus siglas en inglés). Gurría era escéptico en cuanto a la amenaza inmediata de las presuntas WMD de Saddam Hussein, pero llamó mi atención cuando señaló que el peligro real era "una gigantesca arma de destrucción masiva ubicada al sur de la frontera de Estados Unidos y que conducía a una rápida explosión". Me dijo: "Se llama América Latina". En ese momento, Argentina estaba en el proceso de incumplir con los préstamos del FMI, el desempleo aumentaba en México, se intensificaba la incesante lucha en Colombia, en Venezuela un intento de golpe de Estado que parecía que había tenido al menos el respaldo estadounidense fracasó por poco, y la economía brasileña se tambaleaba al borde del desastre por la fuga de capitales de los inversionistas internacionales en medio de una turbulenta campaña electoral presidencial de la que se temía que pusiera en el poder a un "peligroso hombre de izquierda". Gurría lamentaba que Brasil sufriera el castigo de los inversionistas de las democracias por realizar una elección democrática, y criticó el Consenso de Washington por prescribir políticas basadas en lindas teorías académicas más que en las realidades de la situación de los países en desarrollo. "Estados Unidos necesita una estrategia para América Latina", dijo, "pero nunca ha tenido ninguna".

Hoy ya ha mejorado algo la situación en Brasil e incluso en Argentina, pero en el resto de América Latina las cosas siguen deteriorándose, y a Estados Unidos todavía le falta una estrategia. En realidad, sería mejor decir que Estados Unidos sí tiene de facto una especie de estrategia y que esa estrategia es, en realidad, contribuir al rápido deterioro de la situación. Dicha estrategia de facto estadounidense consiste en tratar de golpear en el exterior y destruir todo lo que pudiera llegar a tener un impacto negativo en Estados Unidos, y ello sin importar si hay causas del problema derivadas del propio Estados Unidos o cualquier efecto secundario en el extranjero. El mejor ejemplo actual de esta estrategia y de cómo funciona realimente en la práctica es Bolivia.

Hace un año, en una conversación con el presidente Bush durante una visita a la Casa Blanca, el presidente electo de Bolivia Gonzalo Sánchez de Lozada prometió poner en marcha un plan, con apoyo estadounidense, para erradicar el cultivo de coca en su país como forma de reducir el flujo de cocaína al inmenso mercado de Estados Unidos. Al mismo tiempo subrayó que necesitaría una importante ayuda financiera estadounidense para compensar el impacto económico negativo de la erradicación de la coca entre los agricultores pobres. De no ser así, advirtió: "Podría ser que en un año esté aquí de regreso, pero buscando asilo político". Como respuesta Bush sonrió, le dijo que todos los jefes de Estado tienen graves problemas y le deseó buena suerte con los suyos. Hoy, un poco más de un año después, Sánchez de Lozada vive en el exilio en Estados Unidos tras ser derrocado en octubre por un levantamiento popular detonado en parte por la oposición a los programas de erradicación de coca de sus agricultores indígenas. Éstos, desde luego, han estado produciendo coca durante tanto tiempo (más de 3,000 años) que su cultivo es prácticamente parte de su cultura. Así, impulsar su erradicación constituye una política revolucionaria de cambio cultural y económico, impuesta en lo esencial para ajustarse a las idiosincrasias de una potencia extranjera incapaz, o no dispuesta, de resolver los problemas que estimulan su inmensa demanda de drogas alucinógenas. En el fondo, el problema de las drogas empieza con la demanda y la capacidad de pagar enormes sumas de dinero por ellas en Estados Unidos. A diferencia de un país como Singapur, por ejemplo, que ha establecido la pena de muerte incluso por la mera posesión de drogas, Estados Unidos ha hecho poco por cambiar las condiciones que originan la demanda de drogas en el país. Sin embargo, sí ha estado dispuesto a invertir enormes sumas y realizar grandes esfuerzos para prohibir y aniquilar el suministro de drogas provenientes del exterior. Así, ha emprendido enérgicos programas de fumigación de los cultivos y realizado otros intentos de erradicar las plantaciones de coca que son la base del narcotráfico. Dadas las profundas implicaciones culturales y económicas de esta política, por lo menos habría sido justo que el gobierno estadounidense hiciera algo por amortiguar el golpe económico y emprendiera importantes esfuerzos a fin de permitir cultivos alternativos u otras formas para que las personas afectadas se ganaran la vida. De hecho, se supone que ello era lo que iba a ocurrir. El programa de erradicación fue propuesto junto con un programa de "desarrollo alternativo" que daría incentivos a los agricultores a cultivar piña, plátano, café, fruta de la pasión y otros productos agrícolas en tierras antes dedicadas a la coca. Pero los 200 millones de dólares destinados a este intento para un periodo de 10 años eran insuficientes, y cuando Sánchez de Lozada pidió otros 150 millones de dólares durante su visita a la Casa Blanca sólo obtuvo 10 millones, y ello sólo cuando estuvo a punto de caer por las protestas de febrero de 2003. El resultado fue que esa bicoca sólo sirvió para posponer su caída hasta octubre. En resumen, la estrategia estadounidense se concentró, con gran estrechez de miras, en la aniquilación de la oferta de droga mientras pasaba por alto las causas de la demanda y las implicaciones de la erradicación del cultivo entre los agricultores pobres que no tenían otra forma de ganar su sustento. Así que no ha de sorprender que ello conduzca no sólo a la caída de dirigentes como Sánchez de Lozada, sino a un mayor sentimiento antiestadounidense y al debilitamiento de la democracia, que tan constantemente preconiza Estados Unidos.

El cinismo en torno al apoyo estadounidense a la democracia se ve aún más agravado por la experiencia de Venezuela y Guatemala. En Venezuela, el evidente respaldo otorgado a un golpe de Estado encabezado por las clases altas del empresariado contra el presidente electo por vías democráticas, Hugo Chávez, parecía demostrar que Estados Unidos sólo apoya la democracia cuando ganan los candidatos que él favorece. En las elecciones de finales de 2003 en Guatemala, al parecer, Estados Unidos miró con pasividad el posible regreso al poder de Efraín Ríos Montt, el tipo de engendro que requirió emprender una guerra preventiva en Irak para defenestrar a alguien parecido a él. En una semana en la ciudad de Guatemala, capital de ese país con 12 millones de habitantes, puede esperarse que sean asesinadas en promedio 60 personas. La violencia proviene del narcotráfico, de la virtual ausencia de un sistema judicial eficiente y del resurgimiento de líderes militares del pasado que están vinculados con el narcotráfico y que intimidan a la policía y a los jueces provocando su inacción.




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