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Primero la libertad, Argumentos contra la democracia
John B. Judis
De Foreign Affairs en Español, Julio-Septiembre 2003

The Future of Freedom. Fareed Zakaria, Nueva York, W. W. Norton, 2003, 256 US $24.95

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Resumen: En su más reciente y sugestivo libro, Fareed Zakaria sostiene que, sin libertad, la democracia puede crear problemas, tanto dentro del propio país como en el extranjero.

John B. Judis es editor senior de The New Republic.

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Opinión Pública

El Departamento de Estado de Estados Unidos tiene una Oficina para la Democracia, los Derechos Humanos y el Trabajo, cuyo propósito es "promover la democracia como medio de lograr seguridad, estabilidad y prosperidad para todo el mundo" e "identificar y denunciar gobiernos que niegan a sus ciudadanos el derecho de elegir a sus dirigentes en elecciones libres, equitativas y transparentes". El gobierno de Bush ya prometió llevar la democracia a Irak después de desalojar a Saddam Hussein; los estadounidenses, con frecuencia, condenan a China por no ser democrática y elogian a Rusia por sus avances democráticos. La democracia es la norma mediante la cual los estadounidenses distinguen a los buenos de los malos, los gobiernos que vale la pena respaldar de los que no, y es la primera solución que recomiendan a cualquier país cuyas prácticas no resultan de su agrado. Pero Fareed Zakaria, director y columnista de Newsweek International, afirma en The Future of Freedom que muchas sociedades en desarrollo en un principio se desenvuelven mejor con lo que él llama "gobiernos autoritarios liberales", y que "lo que hoy necesitamos en la política [estadounidense] no es más democracia, sino menos".

No hay duda de que vale la pena leer el libro de Zakaria, sugerente y de amplio alcance. Aunque no resulta del todo persuasivo al abordar la política estadounidense contemporánea, tiene razón cuando afirma que la obsesión de los estadounidenses con la democracia electoral ha nublado su comprensión de países como Rusia, China y Corea del Sur, y a veces ha llevado a decisiones políticas desastrosas. Esta idea ya se había planteado, pero nunca de manera tan sencilla y clara. Su libro exhibe un tipo de argumentación, fundada en la historia y en la filosofía política, que resulta poco común en la actualidad, particularmente entre los columnistas de opinión.

EL EJEMPLO DEL CHAD

El argumento principal de Zakaria se estructura en la distinción entre libertad constitucional y democracia. Define la primera como la protección de los derechos del individuo de expresarse, tener propiedades y profesar su religión mediante un sistema de derecho no sujeto a la manipulación arbitraria del gobierno. Este fenómeno se desarrolló en forma gradual con el transcurso del tiempo, sostiene. La Roma imperial tuvo un sistema de derecho, pero no libertad constitucional. Inglaterra consiguió libertades constitucionales rudimentarias después de la Carta Magna de 1215, y Estados Unidos se fundó como un sistema de libertad constitucional en 1788.

En contraste, Zakaria define la democracia como un sistema político que se basa en "elecciones abiertas, libres y limpias". En 1830, el Reino Unido tenía libertad constitucional, pero no era una democracia: sólo 2% de la población podía votar. Estados Unidos se convirtió en una democracia liberal completa después de que las mujeres ganaron el voto en 1920 y a los negros se les garantizó el acceso a las urnas en 1965, y hoy también la mayor parte de Europa está compuesta de democracias liberales. Singapur actualmente tiene libertad, pero no democracia. Rusia, por su parte, goza de elecciones, pero el gobierno de Vladimir Putin está coartando algunas de las libertades constitucionales que el país había adquirido después de la caída del comunismo.

Zakaria sostiene que la mejor forma de convertir los países en desarrollo en democracias liberales es fomentar la libertad constitucional más que la democracia. Si en una sociedad se establece la democracia electoral antes de haberse logrado la libertad constitucional, es probable que termine siendo una "democracia no liberal" (como Rusia) o que degenere en fascismo o autoritarismo populista (como ocurrió en Alemania e Italia entre las guerras mundiales). El autor supone que si hoy hubiera elecciones en muchos países de Medio Oriente o el norte de África, las ganarían partidos fundamentalistas que destruirían cualquier ápice de libertad ya existente y probablemente eliminarían también las elecciones en el futuro.

Los modelos de Zakaria son países que crearon primero una fuerte infraestructura liberal constitucional, a menudo regidos por gobiernos autoritarios liberales. Entre ellos están Corea del Sur, Taiwán, Chile y Singapur. Antes de que Corea del Sur y Taiwán instituyeran elecciones, muchos liberales estadounidenses reprobaban su falta de democracia, y aún se desaprueba al gobierno de Singapur.

Los modelos de lo que sucede cuando se fuerza la democracia prematuramente en un país son Rusia e Indonesia, donde Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional (FMI), a finales de la década de los noventa, condicionaron la ayuda financiera a la celebración de elecciones. En el gran debate entre Rusia y China sobre qué debe ir primero, la reforma política o la reforma económica, Zakaria da definitivamente la razón a los chinos.

¿Qué hace posible la libertad constitucional? Zakaria es muy convincente al sostener que es el desarrollo en el marco de la sociedad de instituciones autónomas no sujetas al poder del Estado (y lo más importante, las instituciones de propiedad que se crean con el desarrollo del capitalismo). Escribe: "Si las luchas entre Iglesia y Estado, señores y reyes, y católicos y protestantes abrieron la puerta a la libertad individual, el capitalismo derribó los muros". El capitalismo de mercado, y no la riqueza en sí, crea una burguesía independiente que sostiene el principio universal del derecho como una protección contra el poder feudal del Estado.

Hace cientos de años, el capitalismo y la libertad constitucional no lograron echar raíces en economías de subsistencia dominadas por la pobreza, pero en la actualidad, afirma Zakaria, se observan las circunstancias más inhóspitas en países que tienen un acceso importante a la riqueza no devengada, ya sea porque proviene de ingresos del petróleo en Arabia Saudita o de ingresos por la irrigación en Egipto. El autor los llama sociedades "de fondo fiduciario". La clase gobernante vive de las rentas que recauda, las cuales también emplea para mantener en calma a los ciudadanos. Estas sociedades carecen de una clase media independiente y emprendedora, que constituiría la base de la libertad constitucional. Su problema, concluye Zakaria, "es la riqueza, y no la pobreza".

La solución, sostiene, es obligarlos a destinar sus ingresos no devengados a la educación popular y al desarrollo económico. Eso no será fácil en Arabia Saudita, pero Zakaria cita el caso del Chad como ejemplo de lo que debería hacerse. A cambio de ayudar al Chad a explotar sus yacimientos petrolíferos, el Banco Mundial estipuló que 80% de las ganancias se destinen a salud, educación e infraestructura rural; 5% a la gente que vive cerca de los yacimientos, y que 10% se deposite para las generaciones futuras, lo que deja al gobierno sólo 5% para su propio gasto.

Zakaria no habla expresamente de las perspectivas de democracia en el Irak posterior a Hussein, pero las implicaciones de su análisis son claras. Si Estados Unidos invadiera Irak y tratara de impulsarlo hacia la democracia, se enfrentaría a dos obstáculos importantes: las rivalidades entre grupos y el petróleo. Lo que Zakaria escribe respecto de los Balcanes podría aplicarse fácilmente a un futuro Irak: "La introducción de la democracia en sociedades divididas en realidad ha fomentado el nacionalismo, el conflicto étnico e incluso la guerra". Asimismo, las reservas petroleras de Irak, las segundas más grandes del mundo, podrían favorecer el surgimiento de otra autocracia petrolera como la de Arabia Saudita si los ingresos no se distribuyen conforme al modelo del Chad. Para crear una democracia liberal en Irak, Estados Unidos y la comunidad internacional tendrán que encontrar una forma de mantener vigiladas las tensiones entre las comunidades al tiempo que se destina la mayor parte de los ingresos derivados del petróleo al desarrollo de una clase media que no esté atada al Estado ni al petróleo, tarea nada fácil.

LA REBELIÓN DE LAS MASAS

En la segunda parte de The Future of Freedom, Zakaria afirma que Estados Unidos sufre un exceso de democracia que pone en peligro la libertad. El análisis parece cerrar el círculo: la libertad conduce a la democracia y la democracia termina por socavar la libertad, lo que lo urge a buscar "una restauración del equilibrio" entre ambas. Sin embargo, cuando Zakaria escribe sobre la libertad y la democracia en esta sección, emplea definiciones diferentes, y su análisis es menos persuasivo.

En la segunda parte de The Future of Freedom, Zakaria afirma que Estados Unidos sufre un exceso de democracia que pone en peligro la libertad. El análisis parece cerrar el círculo: la libertad conduce a la democracia y la democracia termina por socavar la libertad, lo que lo urge a buscar "una restauración del equilibrio" entre ambas. Sin embargo, cuando Zakaria escribe sobre la libertad y la democracia en esta sección, emplea definiciones diferentes, y su análisis es menos persuasivo.

La libertad se refiere ahora a las condiciones que acompañaron la creación de la libertad constitucional en Estados Unidos: delegación de poder, gobierno representativo más que plebiscitario, revisiones y contrapesos para el gobierno de mayoría. Zakaria identifica con la libertad estas limitaciones madisonianas de la democracia directa. Sin embargo, no existen en la misma forma en Singapur que en Hong Kong, y no son equivalentes a lo que Zakaria describe como libertad constitucional en otra parte del libro, ni ingredientes esenciales de la misma.

Mientras tanto, se habla de la democracia en términos de "democratización", que incluye no sólo el mayor alcance del sufragio, sino también la ruptura de las jerarquías y la autoridad tradicionales, la apertura de sistemas cerrados mediante la desregulación y las "presiones de las masas". La democratización significa el desplazamiento de la alta cultura por las superproducciones cinematográficas, las novelas románticas y el arte comercial. (Cuando escribe sobre cultura, Zakaria se parece a José Ortega y Gasset, el filósofo español de principios del siglo xx y teórico de la "sociedad de masas"). En política, representa la sustitución del sistema de partidos por elecciones presidenciales primarias y referendos, y del instituto independiente por un grupo político que en realidad es una organización de presión o lobby. En negocios, se relaciona con "mercadeo" y significa fondos de pensión, tarjetas de crédito, abogados que se hacen publicidad y productos orientados a los mercados masivos.

Zakaria sostiene que la democratización en la arena política ha creado "una clase cada vez más grande de consultores profesionales, grupos de presión, encuestadores y activistas. [...] Al declarar la guerra al elitismo, hemos producido una política que queda en manos de una élite oculta, irresponsable, insensible y a menudo indiferente a cualquier interés público mayor". Atribuye los estancamientos en el Congreso a la eliminación de las jerarquías en éste como resultado de las reformas de principios de los años setenta. Lamenta la decadencia del profesional independiente en la empresa, que resultó patente en los recientes escándalos financieros.

Zakaria cree que estos males podrían remediarse "mediante la reincorporación del liberalismo constitucional a la práctica de la democracia". Propone organizaciones mediante las cuales los profesionales puedan supervisarse, y está a favor de instituciones delegadas como la Corte Suprema, el Consejo de la Reserva Federal y la Comisión de Cierre de Bases Militares, que deben rendir cuentas a la opinión pública, pero están lejos de las presiones partidarias y de los grupos de interés.

La mayor parte de los problemas que menciona Zakaria son genuinos y algunas de las soluciones que sugiere tienen sentido. Las comisiones no partidarias, que se originaron en la Era Progresista, han servido para encontrar soluciones a problemas de carga política como el cierre de bases militares y, a principios de la década de los ochenta, la Seguridad Social. No obstante, algunas veces también se han politizado. La Comisión de Seguridad Social de George W. Bush, por ejemplo, estaba repleta de defensores del plan de privatización del gobierno. Y la autosupervisión no funcionó en el caso de los contadores profesionales.

Un problema de que adolece esta parte del análisis de Zakaria es la relación que traza entre la democratización y la libertad madisoniana, por una parte, y la democracia y la libertad constitucional por la otra. Desde luego, la democratización tiene un significado básico que corresponde a la democracia. La extensión del derecho de voto a los negros en el sur de Estados Unidos implicó un proceso de democratización y fue una victoria para la democracia. Lo mismo ocurrió con el establecimiento de la Administración de Drogas y Alimentos y la Oficina de Protección Ambiental, que pusieron bajo supervisión pública algunas decisiones económicas privadas.

Sin embargo, el concepto de Zakaria de la democratización también comprende la desregulación: la eliminación de restricciones a la conducta privada de los despachos de abogados o contadores. La desregulación es del dominio de la libertad, no de la democracia. El mercadeo (la difusión del capitalismo hacia áreas dominadas por la producción para el USO) tampoco es democracia, sino un elemento de la libertad o, como afirma en la primera sección del libro, una condición previa de ella. De este modo, no se desprende que todos los males derivados de la democratización se deban a un exceso de democracia; el problema podría igualmente ser un exceso de libertad.

El otro problema es que Zakaria no siempre pone las cosas en contexto histórico, lo que lo conduce a responsabilizar en exceso a la democracia por males que podrían tener otras causas. La influencia que tienen los grupos de intereses especiales en la política no es nueva, y no se originó en las reformas electorales recientes. En todo caso, los intereses especiales tal vez tengan hoy menos influencia en el proceso político de la que tuvieron a finales del siglo xix, como se narra en el clásico de Mark Twain y Samuel Dudley Warner, The Gilded Age. Y la parálisis del Congreso no emana de las reformas de los años setenta; el libro de James McGregor Burns escrito en 1963, The Deadlock of Democracy, abordaba los supuestos días felices de la década de los cincuenta.

Zakaria afirma que en lo que se refiere a tratar de democratizar la política, el paquete legislativo de 1974 con que se reformó el financiamiento de las campañas creó nuevos detentadores del poder a los que no puede pedirse que rindan cuentas y obligó a los políticos a destinar todo su tiempo a recaudar fondos y "apaciguar incesantemente a los grupos de presión". Pero omite una parte crucial de la historia. Las reformas de 1974 no sólo limitaron el monto de las aportaciones, sino también cuánto podían gastar los políticos. Si se hubiera conservado la ley original, los políticos no habrían tenido que destinar todo su tiempo a reunir dinero, ni depender tanto de la recaudación de fondos y los grupos de presión. Pero en 1976, la Corte Suprema, una de las instituciones delegadas favoritas de Zakaria, falló en el juicio de Buckley vs. Valeo que el dinero constituía una forma de expresión, y que el Congreso no podía limitar el monto que un político podía gastar. Como resultado de esta decisión, los políticos tienen que dedicar todo su tiempo a reunir dinero y se han vuelto dependientes de quienes recaudan dinero y de los grupos de interés para conseguir la ayuda. En este caso, la Corte Suprema defendió la libertad, no la democracia, y obstruyó la democratización.

El problema de la reforma de la financiación de las campañas se remonta a principios del siglo xx. El sistema de libertad constitucional, que protegía los derechos de propiedad, había conducido a crecientes desigualdades económicas. Se suponía que la democracia política compensaría esto al garantizar que el voto de cada ciudadano contara. Pero cuando los grandes propietarios empezaron a usar su riqueza para financiar campañas políticas, la creciente desigualdad del sistema de propiedad corrompió al sistema político democrático. Las reformas de financiación de campañas, empezando por las medidas adoptadas en 1908 por Theodore Roosevelt, aspiraban a restaurar la igualdad en el sistema político, protegiéndolo del sistema de propiedad.

Algo similar ocurrió con las iniciativas y los referendos. Los esfuerzos de la Era Progresista por lograr la democratización en ese sentido acabaron por mermar la democracia, según Zakaria. Estas reformas se concibieron originalmente como respuesta al control de las legislaturas estatales por empresas corruptas. Los estadounidenses, sobre todo en los estados del Oeste, aprovecharon las iniciativas para regular las tarifas de los fletes ferroviarios, establecer elecciones primarias presidenciales y la elección directa de los senadores, dar a las mujeres el derecho a voto, a los trabajadores el derecho a la indemnización, así como la jornada laboral de ocho horas. Pero a principios de la década de los años veinte, las empresas y los ricos empezaron a aprovechar las iniciativas para sus propios fines, más conservadores. Al igual que los esfuerzos de reforma del financiamiento de las campañas, las iniciativas y los referendos en gran medida se desvirtuaron ante el poder superior de los negocios, que los alejó de los objetivos a los que debían servir.

La democracia estadounidense floreció, en efecto, en sus orígenes, como Zakaria sostiene en la primera parte de su libro, en función de la libertad constitucional. Y en las primeras décadas del siglo xix, los estadounidenses dieron por sentado que ambas se complementarían siempre: la libertad de propiedad llevaría a la difusión de la pequeña propiedad, lo que a su vez reforzaría los cimientos de la democracia política, pero no ocurrió así. El campesino agricultor fue sustituido por el asalariado, y el pequeño fabricante y artesano por la gran corporación. A principios del siglo xx, la desigualdad del sistema de propiedad estaba trastocando la democracia política, situación que ha conducido a un siglo de intentos de revertir la tendencia. Algunas de estas reformas llegaron a producirse, pero a menudo fueron rápidamente contaminadas, tergiversadas o abatidas por las mismas fuerzas a las que debían contrarrestar.

De este modo, el ciclo estadounidense de libertad y democracia no ha sido el que Zakaria describe en la segunda mitad del libro. La libertad constitucional sentó efectivamente las bases de la democracia liberal, pero el crecimiento imparable de la libre empresa, basado en la libertad de propiedad, empezó a desgastar estos cimientos. Zakaria tiene toda la razón en el caso de Rusia, Indonesia e Irak. Sin libertad constitucional, demasiada democracia puede llevar al desastre. Sin embargo, Estados Unidos tiene un problema diferente. Todavía tiene muy poca.







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