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Fidel Castro teme a Oswaldo Paya Joaquim Ibarz De Foreign Affairs En Español, Julio-Septiembre 2003 Resumen: El renovado marco de represión de Cuba se explica por una peligrosísima amenaza al régimen, el "Proyecto Varela". Su creador, Oswaldo Paya, cubano opositor que vive y actúa dentro del aparato, rompió los esquemas al recabar firmas para realizar un referéndum con el objetivo de determinar el futuro político de la isla. Revolucionario dentro del régimen, puso a temblar a Castro y despertó la polémica entre los intelectuales que apoyan al régimen.
Joaquim Ibarz es corresponsal para México y América Latina del periódico La Vanguardia de Barcelona. Llegó a México en 1982 para cubrir la nacionalización de la banca, la debacle del peso y la crisis de la deuda externa. De 1975 a la fecha se ocupa de temas políticos de Cuba. Fidel Castro teme a Oswaldo Payá Por primera vez, Fidel Castro está a la defensiva. Quien con habilidad ha sabido dominar magistralmente durante 44 años el escenario internacional, ha perdido la iniciativa y se ha atrincherado en la Isla. Ya no le quedan amigos en el exterior; prácticamente todos le dan la espalda, lo critican o le muestran indiferencia. Incluso los autores e intelectuales que hasta ahora se alineaban disciplinadamente con el gobierno de Cuba han rechazado públicamente las últimas medidas contra la disidencia interna. En un inútil intento por atraer a viejos amigos, los dirigentes del régimen de La Habana, algunos intelectuales orgánicos del sistema y el propio Castro intentaron justificar los fusilamientos de tres secuestradores y la represión contra periodistas independientes y promotores de la democracia. Pero el alud de críticas en el ámbito internacional -entre ellos conocidos autores de izquierda como Eduardo Galeano, Noam Chomsky, Ariel Dorfman, Edward Said y Howard Zinn, además de José Saramago, quien fue el primero en deslindarse- ha puesto a Castro en una situación muy incómoda dentro de un terreno desconocido para él. Las críticas de los intelectuales y de las principales organizaciones internacionales de derechos humanos (Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Pax Christi, Sociedad Interamericana de Prensa) han forzado a La Habana a enrocarse en una posición defensiva. De hecho, hace tiempo que Castro no lleva la iniciativa política. Empezó a adoptar una línea de contraataque cuando un hombre honesto, sencillo, a quien nadie prestaba mayor atención, usando las vías legales del régimen, inició una recolección de firmas pidiendo la democratización de Cuba. Oswaldo Payá, un dirigente tan humilde que se desplaza por La Habana en bicicleta y que en su casa no tiene ni teléfono, sorprendió al gobierno al reunir 11020 firmas que hicieron posible presentar el Proyecto Varela (tal como lo denominó en honor al presbítero independentista Félix Varela): iniciativa de realizar un referéndum para que el pueblo cubano pueda pronunciarse sobre distintas opciones políticas. Payá cumplió su promesa de que nunca abandonaría Cuba ni su fe católica, la cual formuló en 1969 ante otros condenados en un campo de trabajos forzados en la isla de Pinos. Hasta la ola represiva del pasado marzo, los opositores cubanos se movían en una rara situación de ilegalidad tolerada. Nunca habían podido tener mayor influencia en el país porque el aparato represivo marcaba los límites en que la vigilada disidencia podía moverse. Payá rompió todos los esquemas al pedir, dentro del marco legal vigente, que se sometieran a consulta pública pilares básicos del régimen con el objetivo de iniciar una apertura democrática que limitara el control del Estado. Con esta iniciativa se pretendía enfrentar al régimen con su propio ordenamiento jurídico, ya que la Constitución contemplaba abiertamente la celebración de un referéndum a petición popular. De inmediato, Castro se percató del riesgo que representaba el Proyecto Varela y, sobre todo, el personaje que lo propugnaba. Payá constituía un dirigente especialmente peligroso, a quien no se podía desprestigiar por no tener ningún vínculo con Washington ni con el exilio radical de Miami. Amenazador también porque no propone una ruptura sino una reforma gradualista dentro de la propia Constitución, el Proyecto Varela fue una seria señal de alarma al mostrar que había una tendencia de crecimiento de la oposición política que ya se estaba organizando al margen del Estado mediante la red de bibliotecas independientes, embrionarios grupos sindicales, asociaciones profesionales, organizaciones campesinas, periodistas. Todos ellos ajenos al sistema. Esta oposición larvada, que encontraba buen caldo de cultivo en el descontento por la mala situación económica y por la falta de futuro para los jóvenes, empezaba a rebasar la posibilidad de control por parte de la policía política. En un gesto sin precedentes, en su visita a La Habana en mayo de 2002, el ex presidente estadounidense Jimmy Carter promovió a través de la radio y la televisión cubanas, bajo control estatal, el Proyecto Varela. Esta difusión contribuyó a que éste se convirtiera en la alternativa al régimen más viable y medianamente estructurada. Las palabras de Carter recibieron elogios de congresistas estadounidenses, la disidencia en la Isla las aplaudió, y los exiliados de Miami reaccionaron divididos. Castro guardó silencio; prefirió esperar el momento oportuno para actuar. Que 11020 personas, desafiando presiones y amenazas, pusieran su firma al calce de un documento que pedía que el pueblo cubano pudiera decidir su modelo político tuvo enorme importancia. Tanta, que Castro tocó a rebato para frenar el paso a aquel virus que no sabía cómo combatir. Cuarenta y tres años después de entrar en La Habana, joven, guerrillero y triunfal, Fidel Castro volvía a poner en pie de guerra a los cubanos, ahora para reforzar el blindaje legal del régimen con vistas al futuro. Inició el contraataque en un discurso pronunciado bajo un fuerte aguacero ante más de medio millón de personas. "Desafiemos la lluvia", dijo. Era el anticipo de un huracán político que en la primavera de 2002 recorrería el país durante más de 30 días.
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