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Fidel Castro teme a Oswaldo Paya Joaquim Ibarz De Foreign Affairs En Español, Julio-Septiembre 2003 Resumen: El renovado marco de represión de Cuba se explica por una peligrosísima amenaza al régimen, el "Proyecto Varela". Su creador, Oswaldo Paya, cubano opositor que vive y actúa dentro del aparato, rompió los esquemas al recabar firmas para realizar un referéndum con el objetivo de determinar el futuro político de la isla. Revolucionario dentro del régimen, puso a temblar a Castro y despertó la polémica entre los intelectuales que apoyan al régimen.
El insignificante Payá obligó al régimen a movilizar millones de personas y a cambiar la Constitución. En respuesta al Proyecto Varela (que nunca fue mencionado), las "organizaciones de masas", todas encuadradas en el Partido Comunista, propusieron una reforma constitucional para establecer en la Carta Magna que el régimen socialista es irreversible. Para apoyar las modificaciones, Castro movilizó en un mismo día, en plazas, calles y poblados de todo el país, a más de nueve millones de cubanos. Después, en unas 72 horas, el 99.37% del electorado nacional (según cifras oficiales) firmó la solicitud del cambio constitucional. "Es un nuevo circo que monta el gobierno para tratar de perpetuarse en el poder", dijo en aquel entonces Vladimiro Roca, disidente hijo de un reconocido dirigente comunista, recién liberado tras cumplir varios años de cárcel por firmar un manifiesto que pedía la democracia. Cuba se paralizó durante tres días, del 24 al 26 de junio de 2002. La Asamblea Nacional iba a inscribir en la Constitución lo que se denominó como "la respuesta a Bush": la irreversibilidad del régimen comunista. El acto fue transmitido por televisión: en toda la Isla se decretaron esas insólitas vacaciones de tres días con el fin de que nadie se perdiera los discursos. Comenzaba una campaña hacia dentro y fuera del país, con Bush como objetivo visible, pero sobre todo en contra del Proyecto Varela y otras iniciativas de la disidencia, aunque jamás fueron nombradas. Diez meses después, Fidel de nuevo se puso a la defensiva al desatar la ola de represión más dura de las últimas décadas. A pesar de sus esfuerzos por contrarrestarlo, consideró que el Proyecto Varela, unido a otras muestras de inconformidad, seguía representando una amenaza potencial de dimensiones notables, por lo que decidió adoptar medidas más drásticas: setenta y cinco periodistas, disidentes y promotores del Proyecto Varela fueron condenados a largas penas; tres personas que secuestraron un lanchón fueron ejecutadas tras un juicio sumario. El escritor Heinz Dietrich Steffan, aunque criticó los fusilamientos, cerró filas con el castrismo y dijo que las penas de muerte y el encarcelamiento de "la quinta columna" de periodistas independientes tenían un objetivo claro: "arrebatarle al enemigo la iniciativa estratégica y pelear la guerra en los términos de Cuba, no en los del agresor". En efecto, como Castro no podía admitir que encarcelaba a disidentes y fusilaba a secuestradores por temor o por una difusa inquietud, se explicó que las medidas eran necesarias para impedir una invasión estadounidense. En el clima enrarecido que prevalece tras la invasión de Irak, nadie puede descartar que los halcones de Washington consideren alguna acción punitiva hacia el régimen cubano que vaya más allá de incrementar el embargo y prohibir el envío de remesas. Sin embargo, no se ve qué relación pueda existir entre los periodistas independientes y los promotores de la democracia condenados y la hipotética amenaza militar por parte de Washington. Por el mero hecho de declararse independiente, el periodista es acusado de realizar actividades subversivas que ponen en riesgo la soberanía y la integridad territorial de Cuba. Escribir para un diario extranjero es calificado de labor mercenaria. "Mercenarios que traicionan a su patria", los llama Castro. Al inspeccionar el domicilio del poeta Raúl Rivero no se encontraron armas ni explosivos, no se hallaron manuales de contraguerrilla ni mapas de planes subversivos; en el sumario del fiscal se reconoce que tan sólo se localizó una grabadora, recortes de periódicos y una máquina de escribir. Para el gobierno, el ejercicio de la libertad de expresión es "actividad contrarrevolucionaria" y el escritor se convierte en lacayo al servicio de Estados Unidos. Todo aquel que se opone al jefe supremo, ya sea con una nota periodística, es traidor a la nación, a la revolución y a la liberación del género humano. Y se recalca que Cuba vive en un estado de guerra perpetua contra Estados Unidos, en el que sólo hay dos bandos: el de los amigos y el de los cómplices y traidores. Se reclama lealtad absoluta y solidaridad acrítica en la guerra simbólica contra el "imperialismo yanqui". Con este planteamiento cualquier ciudadano con aspiraciones democráticas se convierte forzosamente en enemigo, en traidor. De ahí las condenas. El escritor cubano Rafael Rojas dice que, a pesar de sostener constitucionalmente que el marxismo-leninismo es su ideología oficial, el gobierno de Castro no acepta esta dialéctica. "Si La Habana pudiera impartir cabalmente su 'justicia revolucionaria' en todo el mundo, hoy José Saramago y Günter Grass, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, Juan Goytisolo y Carlos Monsiváis estarían presos", señala Rojas. Había que aplicar las condenas no por criterios de justicia sino por la necesidad de enviar un mensaje contundente. Se quería dejar en claro que no se toleraría la menor disidencia. Homero Aridjis, presidente del Pen Club Internacional, señala que la oleada de represión en Cuba revela "un profundo miedo a la democracia" por parte del régimen, miedo de que los tímidos grupos opositores se conviertan en un movimiento que pueda perturbar los últimos años de Fidel Castro en el poder. Oswaldo Payá asegura que "más de 50%" de los 75 encarcelados son "activistas de base" del Proyecto Varela, y que las condenas "reflejan el temor" a otra opción política que "está siendo asumida por los cubanos". Diplomáticos latinoamericanos destacados en La Habana, quienes no descartan esta interpretación del líder del Movimiento Cristiano de Liberación, dicen que "se quiso dar, hacia dentro y hacia fuera, una demostración de fuerza para disuadir a potenciales adversarios". Los 75 disidentes condenados no representaban mayor peligro para el régimen porque la incipiente oposición, además de estar infiltrada hasta la médula, actúa en forma individual y sigue muy dividida. Pero sí podía serlo un movimiento capilar y ciudadano como el Proyecto Varela que, por su carácter de base, consiguió traspasar los mecanismos de control del régimen. La intervención de Carter en la Universidad de La Habana funcionó como caja de resonancia en el interior, y cuando el Parlamento europeo concedió a Payá el Premio Sajarov, le otorgaba también una especie de salvoconducto que, al menos hasta ahora, ha frenado su detención. Payá goza de cierta libertad de movimiento porque, en caso de ser encarcelado (lo que nadie descarta), se multiplicarían las firmes opciones que ya tiene para hacerse merecedor del Premio Nobel de la Paz. Aunque se insiste en que el régimen cubano aprovechó la guerra de Irak para que la represión pasara inadvertida en el exterior, no parece que un hombre tan astuto y con tanta visión política como Fidel Castro dejara de prever las críticas que, con seguridad, se iban a desencadenar. Del presidente cubano se ha dicho que es orgulloso, maquiavélico, calculador, pero nadie ha insinuado que sea estúpido. Al contrario, todos le reconocen gran inteligencia y notable olfato político. Puede que la condena mundial no le haya sorprendido tanto. Castro observa, calcula, planifica, estudia ventajas y perjuicios, y procede. Una vez más, refrendó cuáles son sus prioridades: mantener el control a toda costa, afianzar el poder ante cualquier señal de alarma, incluso por encima del repudio internacional. Intelectuales que siempre habían cerrado filas con el régimen no sólo criticaron los encarcelamientos y las ejecuciones, sino la médula totalitaria del sistema cubano. El endurecimiento del castrismo se produce cuando el exilio de Miami da muestras de cierta moderación y cuando en Estados Unidos existía un grupo de presión en crecimiento que estaba a favor de intensificar el ablandamiento del embargo comercial, que en los últimos años había permitido la compra al contado de alimentos a granjeros estadounidenses. En ese contexto, el lobby a favor de relaciones normales entre Estados Unidos y Cuba, que había ganado fuerza en el Congreso de Washington en los últimos años hablaba de la posibilidad "real" de lograr que los estadounidenses hicieran turismo libre en la isla, lo que implicaría una considerable inyección económica a las mermadas arcas locales. Se había convocado a una reunión en La Habana entre el gobierno y representantes de la emigración y del exilio, que al menos para los cubanos radicados en el exterior podía implicar incluso la autorización de que empresarios de esa comunidad invirtieran en la Isla como lo hacen canadienses, españoles e italianos. Y del lado de la Unión Europea, el comisario de Desarrollo y Ayuda Humanitaria, Poul Nelson, había recomendado aceptar a Cuba en el acuerdo integracionista de Cotonú y después debatir "los problemas de derechos humanos" en el país. Según las últimas encuestas, una mayoría del exilio cubano en Florida está a favor de negociar con el régimen. La propia Fundación Nacional Cubano-Americana (conocida por su radicalismo) pide al presidente Bush que no aumente las sanciones contra Cuba. Hasta hace poco, La Habana recibía con frecuencia delegaciones estadounidenses deseosas de ampliar los intercambios; cada año, más de 100000 estadounidenses recibían permiso de estudios para visitar la Isla.
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