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¿Por qué fracasó el Consejo de Seguridad?
Michael J. Glennon
De Foreign Affairs En Español, Julio-Septiembre 2003

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Resumen: Algo que la actual crisis de Irak dejó en claro es que en gran experimento del siglo XX ha fracasado: el intento de sujetar el uso de la fuerza a leyes internacionales de obligatorio cumplimiento. Como demostró Washington, las naciones no tienen que considerar si la intervención armada en el extranjero es legal o no, sino sólo si es preferible a las alternativas. La estructura y los esperanzas de sus fundadores más que las realidades de la forma en que operan los estados. Esas esperanzas no encontraron afinidad alguna en la hiperpotencia estadounidense.

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Moisés Naím. : Doubleday, 2005.

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John H. Jackson. : Cambridge University Press, 2006.

American Exceptionalism and Human Rights
Michael Ignatieff (comp.). : Princeton University Press, 2005.

Law Without Nations? Why Constitutional Government Requires Sovereign States
Jeremy A. Rabkin. : Princeton University Press, 2005.

Michael J. Glennon es profesor de Derecho Internacional en la Fletcher School of Law and Diplomacy de la Tufts University, y su libro más reciente es Limits of Law, Prerogatives of Power: Interventionism After Kosovo.

PRUEBA DE FUERZAS EN LA BAHÍA DE LAS TORTUGAS

Con motivo de la fundación de la Liga de las Naciones, el primer ministro de África del Sur, Jan Christian Smuts, declaró que "las tiendas de campaña se han desmontado" y que "la gran caravana de la humanidad estaba en marcha de nuevo". Una generación después, parece que este amplio movimiento hacia el estado de derecho internacional tiene aún un largo camino por delante. En 1945, la Liga de las Naciones fue sustituida por una entidad más sólida, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y fue nada menos que el secretario de Estado de Estados Unidos, Cordell Hull, quien proclamó que ésta sería el factor determinante para el "cumplimiento de las más altas aspiraciones de la humanidad". El mundo estaba otra vez en marcha.

Sin embargo, en el primer tercio de este año la caravana finalmente tuvo que detenerse. Con la extraordinaria ruptura del Consejo de Seguridad de la ONU, quedó en claro que había fracasado el gran intento de someter el uso de la fuerza al imperio de la ley.

En verdad, no hubo progreso alguno durante años. Las disposiciones de la ONU sobre el uso de la fuerza, expuestas en la Carta y manejadas por el Consejo de Seguridad, cayeron víctimas de fuerzas geopolíticas tan poderosas que ninguna institución legalista hubiera podido soportar. En 2003, la principal cuestión que tenían ante sí los países a la hora de considerar el uso de la fuerza ya no era si se trataba de algo legal. Más bien, como en el siglo xix, se preguntaban si era prudente.

De hecho, el principio del fin del sistema de seguridad internacional tuvo lugar poco antes, el 12 de septiembre de 2002, cuando el presidente George W. Bush, para sorpresa de muchos, planteó su acusación contra Irak ante la Asamblea General y desafió a la ONU a que emprendiera acciones contra Bagdad por no haberse desarmado. Bush dijo: "Colaboraremos con el Consejo de Seguridad de la ONU en las resoluciones necesarias". Pero advirtió que actuaría por su cuenta si la ONU no cooperaba.

La amenaza de Washington se vio confirmada un mes después por el Congreso, cuando otorgó a Bush la potestad de utilizar la fuerza contra Irak sin obtener la aprobación previa de la ONU. El mensaje de Estados Unidos parecía evidente, como afirmó una vez un alto funcionario del gobierno: "No necesitamos al Consejo de Seguridad".

Dos semanas después, el 25 de octubre, Estados Unidos propuso formalmente una resolución que de manera implícita autorizaría la guerra contra Irak. Pero Bush advirtió de nuevo que en nada cambiarían las cosas si el Consejo de Seguridad rechazaba la medida. "Si las Naciones Unidas no tienen la voluntad o el valor para desarmar a Saddam Hussein, y si Saddam Hussein no se desarma", afirmó, "Estados Unidos encabezará una coalición para desarmarlo". Después de intensos regateos tras bambalinas, el Consejo respondió al desafío de Bush el 7 de noviembre con la adopción unánime de la Resolución 1441, mediante la cual se encontró a Irak en "flagrante violación" de resoluciones anteriores; se dispusieron nuevas inspecciones y se volvió a advertir de las "graves consecuencias" que habría si Irak continuaba negándose a desarmarse. Sin embargo, la resolución no autorizaba explícitamente el uso de la fuerza, y Washington se comprometió a volver ante el Consejo para debatir antes de recurrir a las armas.

La aprobación de la Resolución 1441 constituyó una importante victoria personal para el secretario de Estado Colin Powell, quien había gastado mucho capital político pidiendo a su gobierno que pasara primero por la ONU y había entablado arduas negociaciones diplomáticas para obtener el respaldo internacional. No obstante, pronto surgieron dudas con respecto a la efectividad de las nuevas inspecciones y a cuán dispuesto estaba Irak a cooperar. El 21 de enero de 2003, Powell declaró que "las inspecciones no van a funcionar". El 5 de febrero volvió a la ONU y acusó a Irak de seguir ocultando sus armas de destrucción masiva (WMD, por sus siglas en inglés). Francia y Alemania respondieron que había que presionar por más tiempo. Las tensiones entre los aliados, ya graves de por sí, empezaron a crecer, y las divisiones se hicieron aún más profundas cuando 18 países europeos firmaron cartas de apoyo a la posición estadounidense.




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