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Buscar aliados en el traspatio Felipe A.M. de la Balze De Foreign Affairs En Español, Otoño-Invierno 2001 Resumen: Con tantos actores en juego, la muy esperada Área de Libre Comercio de las Américas puede terminar siendo un proyecto fútil. Para lanzar la integración hemisférica sería mejor extender el TLCAN hacia el Cono Sur y así promover la prosperidad, la seguridad y la democracia en toda Sudamérica.
El TLCAN tiene, sin embargo, un potencial mucho mayor. Lanzado en 1993, el acuerdo enfrentó inicialmente en Estados Unidos la crítica generalizada de los grupos del área laboral y otros que se oponían al libre comercio. En México, los grupos que rechazaban los vínculos más estrechos con Estados Unidos combatieron el TLCAN por razones proteccionistas y nacionalistas. Desde entonces, sin embargo, la decisión del gobierno mexicano de adherirse al acuerdo fue adquiriendo cada vez más popularidad. Los antiguos críticos señalaron la expansión del comercio entre Estados Unidos y México, de 76,000 millones en 1993 a casi 246,000 millones en 2000. También es mérito del TLCAN (al menos en parte) la fuerte recuperación económica de México desde 1996 y su exitosa transición a una democracia plena después de setenta años de régimen unipartidista. A mediados de la década de 1990, el éxito del TLCAN hizo que se hablara mucho acerca de la creación de un pacto comercial más amplio que abarcara más países del hemisferio. El impulso se frenó, no obstante, cuando el presidente Clinton no pudo obtener la renovación del poder de negociación fast-track del Congreso que habría requerido elaborar un nuevo pacto. Los posteriores debates hemisféricos sobre una zona de libre comercio se empantanaron en cuestiones técnicas y burocráticas. En sus últimos días, el gobierno de Clinton inició negociaciones comerciales bilaterales con Chile, pero este esfuerzo no fue capaz de revertir la pérdida de entusiasmo de Washington y la mayoría de las capitales sudamericanas. Ahora, la intención explícita del presidente Bush de llegar a un convenio comercial con Chile antes de fin de año y su activa participación en la cumbre hemisférica de abril en la ciudad de Quebec indican que Estados Unidos nuevamente está interesado en pactos comerciales más amplios. Es hora de que Washington empiece a actuar siguiendo estos impulsos. LECCIONES APRENDIDAS La reestructuración económica y las reformas políticas implementadas en algunos de los países sudamericanos durante la década de 1990 hicieron bajar la inflación, aumentaron las exportaciones y ampliaron el acceso al capital internacional y a las inversiones extranjeras. Como era de esperar, los tres países que llevaron a cabo las reformas con anticipación cosecharon los mayores beneficios. Durante los noventa, el ingreso anual promedio per cápita aumentó 4.6% en Chile, 3.5% en Argentina y 2.8% en Perú. No obstante, el crecimiento fue menor en otras partes: apenas 2.2% en Uruguay y 1.7% en Bolivia. Brasil, el país más extenso de Sudamérica, logró apenas una tasa de 1%. Peor aun, una cantidad preocupante de países –entre otros, Colombia, Ecuador, Paraguay y Venezuela– retrocedieron, hasta tal punto que su ingreso per cápita en 1999 fue menor o casi igual al de 1990. Por otra parte, el torbellino financiero global de estos últimos años reveló que las economías sudamericanas son altamente vulnerables a las sacudidas externas. En años recientes, la mayoría de los países de la región ha enfrentado déficit contables de 3 a 5% del PIB. Las sucesivas crisis financieras y monetarias en Asia, Rusia, Brasil y Argentina generaron una intensa presión sobre los mercados de capitales que hizo subir vertiginosamente las tasas de interés y debilitó las cuentas externas de todos los países sudamericanos. Estos dos últimos años han sido un periodo difícil aun para el mercado común del Cono Sur (conocido como Mercosur, que incluye a Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), el acuerdo comercial preferencial más importante en Sudamérica. La devaluación de la moneda brasileña, el real, a comienzos de 1999 provocó serias tensiones dentro del grupo. Y éstas resultaron difíciles de superar debido a la débil maquinaria que tiene el Mercosur para solucionar las controversias. Los problemas también se vieron exacerbados por una tendencia cada vez mayor de los miembros del Mercosur a negociar convenios comerciales individuales con terceros países y por su excesiva utilización unilateral de las barreras no arancelarias y los subsidios para promover la inversión extranjera directa. Los problemas con el Mercosur ilustran dos principios que cualquier futuro pacto comercial debería tener en cuenta. Una buena integración comercial requiere un núcleo fundamental de instituciones y normas comunes para definir y aplicar la política comercial y resolver controversias. También exige por lo menos una estabilidad mínima en los tipos de cambio reales (o sea, ajustados a la inflación) entre los países miembro. Estas condiciones no fueron alcanzadas por el Mercosur. Por lo tanto, cuando las políticas de integración económica se tornaron difíciles, los gobiernos miembro cedieron a la tentación y resolvieron los problemas internos a expensas de sus vecinos. UNIRSE Pese al clima sombrío actual existen, sin embargo, motivos de esperanza. Por primera vez desde que los países de Sudamérica adquirieron su independencia, las prioridades de las élites gobernantes y la opinión pública locales están convergiendo con las de Estados Unidos. No obstante, el proceso de consolidar los gobiernos democráticos y las economías de mercado en Sudamérica y de integrarlos al sistema global dista de haber terminado. Se ha hecho un avance político considerable, pero la democracia todavía está amenazada en varios países andinos. Se vislumbra todavía en el horizonte el cuello de botella de la balanza de pagos externa. Con la excepción parcial de Chile, las economías sudamericanas no han logrado todavía llegar a ser exportadores estables y diversificados a los mercados mundiales. Los problemas que subsisten tienen causas diversas y complejas. El proteccionismo interno que ejerció Sudamérica durante 45 años después de la Segunda Guerra Mundial inhibió el aumento y la diversificación de las exportaciones. Y las dificultades para acceder a los mercados de la mayoría de los países avanzados hicieron que a Sudamérica le resultara difícil competir.
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