|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
Entre la excepción y el compromiso: Bush ante América Latina Rafael Fernández de Castro De Foreign Affairs En Español, Otoño-Invierno 2001 Resumen: El presidente George W. Bush inicia su mandato con un inusitado interés en América Latina, región que, a pesar de la cercanía geográfica, no ha estado en la lista de prioridades diplomáticas de su país. Para mantener esa ventana de oportunidad se requerirá un continuado liderazgo de la Casa Blanca que lleve adelante el ALCA por encima de los bastiones proteccionistas tradicionales, y una América Latina más activa y propositiva que lime sus diferencias internas y se decida a impulsar un área de libre comercio continental.
Rafael Fernández de Castro es director de Foreign Affairs en Español y profesor investigador del ITAM. Su más reciente publicación es Between Partnership and Conflict. The United States and Mexico, escrito en coautoría con Jorge I. Domínguez. Material original de Foreign Affairs en Español, Volumen 1, número 3, Otoño-Invierno 2001 América Latina ha sido la excepción a un principio errático de la política exterior del cuadragesimotercer presidente de Estados Unidos, George W. Bush. Mientras la falta de coherencia y los traspiés han caracterizado la postura de Bush y su equipo en relación con Europa, Asia y Medio Oriente, el presidente parece tener claridad respecto de América Latina: "como vecina es nuestra prioridad". Y esa importancia que le asigna a la región ha cobrado su mayor relevancia en el caso de México. Para decirlo simple y llanamente, México ha sido la prioridad de la política exterior de Bush en sus primeros seis meses en la Casa Blanca. Este hecho no guarda paralelo en la historia de las relaciones México-Estados Unidos. Lo notable no es la falta de experiencia y conocimiento en política exterior con que llega George W. Bush a la presidencia, pues Ronald Reagan (1980-1988) y William Clinton (1992-2000), por mencionar a dos mandatarios recientes, también asumieron la presidencia de la Unión Americana prácticamente en blanco en materia internacional. Lo sorprendente en esta ocasión es una nueva actitud que pone a América Latina a la par de otros continentes, en especial Europa. Parecería que el ex gobernador de Texas, en vez de deslumbrarse con la sofisticación de los europeos e intentar a toda costa sentirse como primus inter pares con Gerhard Schröder de Alemania, Jacques Chirac de Francia o el carismático Tony Blair del Reino Unido, insiste en mostrar que se siente a gusto en reuniones poco protocolarias y de mensajes directos con sus homólogos latinoamericanos: Vicente Fox Quesada de México, Fernando Henrique Cardoso de Brasil o Alejandro Toledo de Perú. En una lectura optimista podría decirse que, por fin, América Latina empieza a ser una región del mundo para Washington, que va a la par de Europa o el sur de Asia, y no es sólo el traspatio al que sólo se le presta atención en épocas de crisis. Esto quiere decir que los asuntos latinoamericanos, y en especial los mexicanos, ya van a formar parte de la agenda de quienes ocupan los más altos niveles de la diplomacia estadounidense, entre ellos el mismísimo huésped del séptimo piso del Departamento de Estado, donde despachan el secretario, los subsecretarios y el jefe de planeación. La inicial falta de interés de Bush por el viejo continente, que tradicionalmente ha sido el centro de gravedad de la política exterior de Estados Unidos, parecería reforzarse con las críticas de que ésta ha sido objeto en dicha región. Además, en su primera gira internacional realizada a Europa en mayo pasado, Bush fue objeto de manifestaciones de repudio como no se veían contra un mandatario estadounidense desde las épocas de recrudecimiento de la Guerra Fría, a principios de la década de los ochenta. Los europeos no sólo ven en Bush a un vaquero sumamente inexperto en materia de política internacional, sino que además detestan su conservadurismo del tipo de Ronald Reagan –pero sin su estilo–. Para ellos la no ratificación del Protocolo de Kioto por parte de Estados Unidos es un enorme retroceso en política ambiental y consideran que su relanzamiento de la "Guerra de las Galaxias" (ahora con la forma del sistema espacial antimisiles) constituye un retorno a la carrera armamentista propia de la Guerra Fría. Incluso el líder ruso Vladimir Putin, con quien Bush había tenido una relación aparentemente buena en su primer encuentro en Eslovenia, no desaprovecha la oportunidad, como lo fue la visita del presidente chino Jiang Zemin a Moscú, para denunciar los riesgos que avizora en la iniciativa antimisiles estadounidense. Para un mandatario que se distingue por un perfil ordenado y tiene prioridades de gobierno claras –lo que constituyó la base de su éxito como gobernador de Texas– ha llamado la atención la división que prevalece en su equipo de política exterior: los ideólogos conservadores dirigidos por el vicepresidente Richard Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld contra los conservadores pragmáticos encabezados por el secretario de Estado Colin Powell. Para los primeros no hay mejor diplomacia que la fuerza, y de ahí su recurrente política dirigida a la unilateralidad; para los pragmáticos sí existen otros actores internacionales con intereses propios, por lo que el arte de la diplomacia cobra sentido. Por fortuna, América Latina no forma parte de la disputa entre ideólogos y pragmáticos, como sí fue el caso durante la Guerra Fría. América Central, en especial la revolución sandinista, sufrió las disputas y rivalidades ideológicas imperantes en la administración Reagan y las que se dieron entre la Casa Blanca y el Capitolio. La pugna actual entre miembros de la administración se dirige hacia el sur de Asia, Europa del Este y Medio Oriente, y se centra en naciones como China, Corea del Norte o Rusia, a las que se percibe con capacidad de perjudicar los intereses de Estados Unidos. Pareciera que el ala pragmática empieza a ganar terreno por dos motivos: primero, porque, al tener más experiencia de gobierno y diplomática que los ideólogos, tiende a cometer menos errores; y segundo, por el golpe de timón que representó en el rumbo de la política estadounidense, tanto interior como exterior, el cambio de liderazgo en el Senado. Los ideólogos no tendrán más al archiconservador Jesse Helms (republicano por Carolina del Norte) como poderoso aliado en el Comité de Relaciones Internacionales del Senado, sino que enfrentarán a Joseph Biden (demócrata por Delaware), que es más bien moderado; asimismo, el Subcomité de Asuntos del Hemisferio Occidental del Senado estará presidido por el liberal Christopher Dodd (demócrata por Connecticut) y no por el conservador Paul Coverdell (republicano por Georgia). A medida que vaya avanzando en su cuatrienio, Bush irá familiarizándose con los socios estratégicos tradicionales de su país. Las reuniones bianuales del Grupo de los Ocho (G-8) y la necesidad de hacer participar a potencias como Francia, Alemania y Japón en la resolución de conflictos internacionales, como son las álgidas disputas entre judíos y palestinos, probablemente harán que Bush se convierta en un ejecutivo más tradicional en materia de política exterior. Si esta regularización de las relaciones de Estados Unidos con sus aliados tradicionales implicará o no que América Latina se diluya en el horizonte de las prioridades de Washington depende de varios factores, en especial, de cómo avance el proceso de la expansión del libre comercio en todo el continente, mediante el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Éste no sólo es el proyecto más importante en la agenda Estados Unidos-América Latina, sino que también encamina las relaciones hacia una agenda positiva del comercio y la inversión.
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Publicado por el ITAM. Derechos de Autor c2003 reservados para el Council on Foreign Relations. Políticas de privacidad | |