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Entre la excepción y el compromiso: Bush ante América Latina Rafael Fernández de Castro De Foreign Affairs En Español, Otoño-Invierno 2001 Resumen: El presidente George W. Bush inicia su mandato con un inusitado interés en América Latina, región que, a pesar de la cercanía geográfica, no ha estado en la lista de prioridades diplomáticas de su país. Para mantener esa ventana de oportunidad se requerirá un continuado liderazgo de la Casa Blanca que lleve adelante el ALCA por encima de los bastiones proteccionistas tradicionales, y una América Latina más activa y propositiva que lime sus diferencias internas y se decida a impulsar un área de libre comercio continental.
El ALCA ha tenido un papel muy relevante en el inicio de la administración. Para el segundo de los Bush en la presidencia, el ALCA representa un legado de su padre, George H. Bush, pues fue él quien lanzó la iniciativa de libre comercio para toda la región, primero mediante el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y después buscando su expansión a todo el continente en la Iniciativa para las Américas. No hay que olvidar que fue Robert Zoellick, entonces joven eminencia gris del secretario de Estado Jim Baker, hoy Representante Comercial (y como tal responsable del ALCA), el encargado de desarrollar conceptualmente este nuevo paradigma de cooperación Estados Unidos-América Latina: comercio e inversión en vez de ayuda para el desarrollo. El calendario del ALCA, al convocar una reunión en abril con los 34 jefes de Estado del continente americano (con la excepción de Cuba), es decir a sólo tres meses de que George W. Bush asumiera el poder, ayudó también a que la nueva administración se concentrara en la región; incluso dio pie a varias entrevistas presidenciales en el plano bilateral. El 20 de abril, cuando se inició la llamada Cumbre de Quebec, en Canadá, Bush se había entrevistado ya con seis mandatarios de los principales países de América Latina. El avance del ALCA será clave para materializar la disposición inicial del presidente Bush hacia la región; para que éste no pase a la historia como tantos otros líderes de Estados Unidos, que empiezan sus mandatos con buenas intenciones hacia América Latina, pero a quienes la inercia de los compromisos tradicionales de la gran potencia lleva a dejar un legado de negligencia. OPTIMISMO MEXICANO Buena parte de la diplomacia latinoamericana no comparte el optimismo de los mexicanos. Para el vecino del sur, Bush, el ex gobernador de Texas y el segundo de la dinastía, representa una oportunidad. El escepticismo latinoamericano tiene dos explicaciones. Primero, se prevé que será muy difícil que Bush obtenga del Congreso la Autorización de Promoción Comercial (APC, lo que previamente se conocía como vía rápida, o fast-track, es decir, el procedimiento mediante el cual el Congreso renuncia a su prerrogativa de enmendar los tratados, y simplemente los acepta o rechaza), y destrabe así el proceso del ALCA. Segundo, no han gustado los nombramientos de los responsables de la administración ante la región, en especial el de Otto Reich, como subsecretario de Estado para América Latina. Independientemente de si el Senado confirma a Reich o no, el hecho de que Cuba sea un elemento tan importante para Reich lo pone lejos de ser el candidato idóneo, pues la pugna Washington-La Habana es vista en el sur del hemisferio americano como parte de un pasado conflictivo correspondiente a la Guerra Fría. El optimismo mexicano ha sido recompensado con creces. México ha recibido un papel prioritario en la política exterior durante los primeros meses de la administración Bush, y esto sí que es un giro importante si se considera el pasado reciente. En efecto, el TLCAN volvió a México un país más importante para Estados Unidos más allá de la mera geografía. El crecimiento del comercio bilateral auspiciado por el tratado ha sido asombroso (de 88,145 millones de dólares en 1993 a 275,205 millones en 2001). Pero aun así, México estaba muy lejos de la atención que se otorgaba a los aliados tradicionales: Gran Bretaña y Canadá; o bien los países problemáticos: Rusia y China. En un listado de prioridades de finales de la presidencia de William Clinton, un influyente analista de la política exterior de Estados Unidos, hoy importante funcionario del Departamento de Estado, situaba a México fuera de las diez principales de la política exterior de su país. Prácticamente, la elección de Vicente Fox fue recibida en Estados Unidos con júbilo. Un experimentado diplomático mexicano en Washington describe así el cambio: "Son dos relaciones bilaterales, antes y después del 2 de julio [el día de la elección]. Antes nuestros esfuerzos se topaban con la afirmación de que ‘son un gobierno de corruptos’; hoy llamas a una dependencia gubernamental y tu acento mexicano te sirve tanto como si fuera británico: o te pasan al jefe o te solucionan el problema con prontitud". En cierta forma, al igual que la reunión de Quebec, la visita de Bush al rancho de Fox en Guanajuato, a sólo veinte días de haber tomado posesión, sirvió para que los nuevos funcionarios, que apenas se acomodaban en sus asientos, tuvieran que concentrarse en México. A quince días de haberse inaugurado la administración, una pequeña oficina del Departamento de Estado, con siete funcionarios, el Mexican Desk (Oficina de México), recibió una insólita visita: la del presidente de Estados Unidos y su consejera de seguridad, Condoleezza Rice. Los siete especialistas explicaron los detalles de la relación con México a ambos. La actitud de Bush hacia México ha sido más positiva que el pronóstico más optimista. La legitimidad y visibilidad internacional de Vicente Fox ayudan a entenderla, como también su afición compartida por el rancho y las botas; pero sobre todo, lo que permite explicar estos primeros meses de atención esmerada es que Fox, y su canciller Jorge Castañeda, han tomado la iniciativa. No han dudado en poner todas las cartas sobre la mesa de negociación con una madurez sorprendente. Se habla incluso de temas que han sido históricamente tabú, como el petróleo y la posibilidad de que México participe en misiones de paz de las Naciones Unidas. Todo esto se ha puesto sobre la mesa, pero el objetivo de la diplomacia mexicana es preciso: lograr un acuerdo integral migratorio con Estados Unidos, y los avances han sido insospechados. Existe un elemento más que no puede ser puesto de lado al tratar de explicar la actitud positiva de Bush y su administración hacia América Latina y México: la emergencia de los latinos como fuerza política en Estados Unidos. Desde 1998 los electores de origen latinoamericano mostraron su peso. En contiendas como la gubernatura de California en Estados Unidos fueron determinantes para la elección del demócrata Gray Davis. En el plano nacional, el cortejo de que fueron objeto ambos candidatos a la presidencia confirmó el nuevo peso político de los latinos. Nunca antes se había escuchado a los candidatos de ambos partidos hablar en español en mítines y comerciales.
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