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Cuba, el desconocido mundo de los negocios Lila Haines De Foreign Affairs En Español, Otoño-Invierno 2001 Resumen: Con las leyes de 1982 y 1995, Cuba ha abierto sus puertas al comercio y las inversiones de Occidente, principalmente en sectores como el turismo y otros menos conocidos como el farmacéutico y las telecomunicaciones. A pesar de que todavía existen ámbitos donde el Estado ejerce control absoluto ?como la posesión de la tierra, defensa y educación? muchos países reconocen el potencial económico de la isla. Hasta ahora, las corporaciones estadounidenses siguen siendo los grandes perdedores de la apertura.
Lila Haines es actualmente asesora en materia de política económica del principal partido de oposición en la Asamblea Nacional de Gales, en el Reino Unido. Entre sus varias obras sobre la economía cubana y el clima comercial en la isla, destaca Reassessing Cuba - Emerging Opportunities and Operating Challenges, publicado en Nueva York por The Economist Intelligence Unit. Material original de Foreign Affairs en Español, Volumen 1, Número 3, Otoño-Invierno 2001 El perfil comercial de Cuba se ha transformado totalmente en el breve espacio de una década. La mayor parte del comercio exterior de la isla ya se realiza con países occidentales, aunque en los últimos años la presencia rusa volvió a ser fuerte en el mercado cubano. Con unas 400 empresas de capital extranjero ya establecidas en la isla, se calcula que los socios de este exclusivo club facturan unos 1,200 millones de dólares anuales, y, silenciosamente, las corporaciones estadounidenses hacen fila para ingresar al país. Las leyes cubanas permiten las inversiones extranjeras desde 1982, pero hasta iniciada la década de los años noventa hubo pocas empresas que aprovecharan las posibilidades. Cuando la economía cubana cayó en una profunda depresión como consecuencia de la pérdida de gran parte de sus vínculos comerciales con el desaparecido bloque socialista, empezaron a llegar empresas occidentales a cubrir ese hueco. Inversionistas de todo el mundo, incluido Estados Unidos, empezaron con el propósito de investigar oportunidades de inversión y comercio. Compañías de origen europeo, canadiense, latinoamericano y asiático se apresuraron a establecerse en sectores potencialmente provechosos tales como el turismo y la minería. En muchos casos comprobaron que valía la pena afrontar el riesgo del país en función de una entrada temprana al mercado. Las corporaciones estadounidenses no invirtieron, pero empezaron a formular planes para el día en que les fuera posible normalizar sus relaciones comerciales con la vecina isla, que décadas atrás había sido blanco primordial de hombres de negocios e inversionistas del Norte. Este crecimiento tan notable del interés en el potencial económico de Cuba que se verificó en la primera mitad de los noventa se debió en gran medida a la suposición generalizada de que Cuba, al igual que sus ex socios comerciales de Europa del Este, iba a "caer presa del capitalismo". En cambio, lo que encontraron estos pioneros de la inversión y el comercio fue una sociedad casi totalmente desacostumbrada al comercio moderno. Demoraron poco, además, en darse cuenta de que en aquella selva virgen para los mercados había una tribu minoritaria de políticos y capitanes de industria "a la cubana" que, por rápido que aprendieran las reglas del juego capitalista, seguían empeñados en evitar que la economía de su país descendiera en espiral de manera tan descontrolada como la Unión Soviética en los brazos de los antiguos enemigos. La caída del Muro de Berlín propició una serie de reformas, de las cuales la ley más significativa para el comercio exterior fue la de Inversiones Extranjeras, vigente a partir de 1995. Esta legislación abrió a los inversionistas extranjeros las puertas de todos los sectores de la economía isleña, excepto educación, salud pública y defensa. Esa norma jurídica permitió que hasta 100% del control de las empresas que operaban en la isla estuviera en manos del inversionista extranjero. Otras leyes de aquel periodo favorecieron actividades de socios económicos extranjeros tales como el establecimiento de zonas francas, la modernización de la banca e intentos de agilizar un incipiente régimen empresarial. El área de mayor importancia para la inversión extranjera inicial fue el turismo, que levantó vuelo rápidamente y produjo suculentas ganancias para los pioneros. Pero como los cubanos estaban convencidos de que el turismo iba a ser el boleto ganador, se empeñaron en retener el control mayoritario de todas las empresas mixtas del sector. De hecho, la forma más frecuente que adoptó la participación extranjera en el turismo fueron los contratos de gestión, y no tanto la propiedad de empresas. El turismo es una de las pocas áreas que han recibido inversión de las autoridades cubanas, sobre todo en forma de ganancias reinvertidas. Otros de los pocos sectores de la economía que siguieron recibiendo recursos gubernamentales durante la depresión de los noventa son la biotecnología y la salud. Ahí, como en el caso del turismo, el Estado cubano buscó mantener el máximo control posible en áreas que considera decisivas, tanto por el potencial comercial de las innovaciones y tecnologías médicas, como para garantizar que todo el pueblo siga beneficiándose con los logros de la revolución en materia de salud pública. En este terreno, sin embargo, las transnacionales farmacéuticas resultaron ser un hueso duro de roer. Se firmaron muy pocos contratos y de bajo monto, hasta que en 1999 el Departamento de Hacienda estadounidense concedió a la farmacéutica SmithKlineBeecham la licencia para comercializar una vacuna cubana contra la meningitis. Este cambio de dirección ofrecía, por fin, la posibilidad de establecer una punta de lanza en el importantísimo mercado estadounidense. Lo más esencial de esa operación fue que reforzó en Estados Unidos, de manera contundente, el movimiento a favor de reformar o suavizar, e incluso abolir el embargo de Washington a las relaciones comerciales con Cuba. Así, un año después (octubre de 2000), cuando en ambas Cámaras del Congreso de Estados Unidos una aplastante mayoría votó a favor de levantar la prohibición de exportar alimentos y medicinas a la isla, pareció que se produciría un gran avance en beneficio de las empresas estadounidenses deseosas de comerciar con Cuba. Ese cambio se produjo porque los dirigentes del Partido Republicano temían una derrota electoral en los estados donde tenían el apoyo mayoritario de las comunidades agrícolas si no atendían sus demandas de nuevos mercados de exportación.
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