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Lejos de Dios y demasiado cerca de?La política exterior de Cuba hacia América Latina y el Caribe Andrés Serbin De Foreign Affairs En Español, Otoño-Invierno 2001 Resumen: Al desaparecer el bloque socialista, Cuba ha tenido que diversificarse política y económicamente. Su política exterior se ha reorientado y ahora promueve acercamientos con América Latina y el Caribe. Pero los lazos que pueda mantener con los países de la región siguen marcados por la rígida posición estadounidense hacia la isla.
Este cuadro interno se articula con un entorno internacional dinámico y cambiante. Por un lado, la diversificación de relaciones políticas llevó, después de terminada la Guerra Fría, a una contracción y a un redimensionamiento de la política exterior cubana más acorde con sus alcances actuales. Asimismo, se concentró la atención en la multiplicación de espacios –económicos y políticos– donde podía insertarse su actividad externa, a fin de contrarrestar con mayor eficacia el principal obstáculo para la supervivencia de la isla: el embargo y las políticas de presión estadounidenses. Por otra parte las relaciones, tanto con los países miembros de la Unión Europea (UE) como con Canadá, constituyeron una parte importante de los referentes en la nueva estrategia de relaciones con el Norte industrializado a lo largo de la década de 1990 y fueron un contrapeso significativo a la situación de antagonismo con Estados Unidos. Sin embargo, en los últimos años, las presiones ejercidas por estos actores para propiciar una transformación y una apertura progresiva del sistema político cubano, y en particular el tema de los derechos humanos y políticos en la isla, han generado que el proceso se revierta, en particular si consideramos los casos de España y Canadá. En este contexto, ha sido particularmente difícil para la política cubana, en la década de los noventa, tratar de diversificar las relaciones, realizar acuerdos económicos y atraer flujos financieros y comerciales con los países industrializados, y al mismo tiempo resistir las presiones externas para introducir reformas políticas. En el marco de la estrategia de diversificación de relaciones y de la búsqueda de alianzas internacionales para reinsertar a Cuba en el sistema mundial tras la desaparición de la Unión Soviética, el capital acumulado en décadas anteriores de vínculos con los países del Sur en vías de desarrollo también ha sido ampliamente explotado, quizá con más éxito que en las relaciones con los países industrializados. Esto se debe a que existe con los primeros una mayor identificación debido a los problemas comunes en torno al desarrollo que deben enfrentarse en un escenario internacional signado por la globalización, y menos presiones y demandas mutuas por las situaciones internas. En este sentido, las relaciones con los países asiáticos –en especial China– se han ampliado progresivamente, como lo muestra la reciente visita del presidente de la República Popular China a Cuba y la visita oficial, en mayo de este año, de Fidel Castro a varios países asiáticos y de Medio Oriente. Asimismo, sobresalen en especial las relaciones con América Latina y el Caribe, región que, a partir de la crisis de principios de los noventa, ocupa nuevamente un lugar privilegiado en la política exterior de Cuba. LAS RELACIONES CON AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE: LA DIMENSIÓN MULTILATERAL La capitalización de las relaciones desarrolladas en el marco del globalismo característico de la política exterior cubana en décadas anteriores, tanto como el nuevo sesgo regional asumido en los noventa, es quizás más evidente en el caso de América Latina y el Caribe. En este marco, cabe señalar que en los ochenta Cuba colocó en segundo lugar las relaciones con los países de la región para privilegiar la proyección global de su política exterior en el contexto de las alianzas y alineaciones de la Guerra Fría –en particular, con su importante participación militar en África–. Sobra decir que este proceso también fue percibido como parte de una estrategia mundial de alianzas y como un mecanismo, con un marcado sesgo ideológico, para contrarrestar la política de aislamiento llevada a cabo por Estados Unidos. Sin embargo, ante los cambios generados en el entorno internacional por la desaparición del bloque soviético y de la propia URSS, con sus efectos negativos sobre la economía cubana, la política exterior de la isla se reorientó hacia la búsqueda de espacios de reinserción y de nuevas alianzas en el contexto latinoamericano y caribeño. Fueron muy claras las primeras iniciativas en este sentido en el ámbito multilateral, pues se aprovechó la inclusión de Cuba en espacios y foros multilaterales regionales donde no participaba Estados Unidos. Por otra parte, esta búsqueda de una mayor presencia en el ámbito global se vio condicionada fuertemente por la necesidad de diversificar los vínculos externos, tomando en cuenta la difícil situación económica por la que atravesaba Cuba, en función de una revalorización de las relaciones Sur-Sur, tras la desaparición de la Unión Soviética. En la década de 1990, las relaciones con los países del Caribe anglófono se fortalecieron y se generó una política activa hacia la Comunidad del Caribe (Caricom), luego del impasse y del distanciamiento generados en la década anterior tras la invasión estadounidense de Granada en 1983. En este contexto, junto con el restablecimiento de relaciones con Granada, Barbados y Jamaica –países con los cuales el distanciamiento había sido más evidente–, se reactivó la comisión mixta Cuba-Caricom y, mediante el organismo regional Cariforum, se buscó la posibilidad de establecer una relación con la Unión Europea (UE). En aquel momento el Cariforum se ocupaba de renegociar, en el marco del grupo de países ACP (África, Caribe, Pacífico), el acuerdo de Lomé con la UE. Más allá de que este proceso se ha detenido coyunturalmente en los últimos meses, Cuba consiguió generar una resonancia evidente a finales de la década de 1990, tanto en términos de su reinserción en el ámbito de la región caribeña como en su relación con los países de la UE. Asimismo, reforzó su presencia regional activa al potenciar el apoyo a su participación en la Asociación de Estados del Caribe (AEC), en el marco de los vínculos con los países del Caribe anglófono y, más recientemente, con la República Dominicana. La AEC –plataforma política y de concertación económica– se constituyó en un espacio particularmente propicio para la reinserción regional de Cuba, en un ámbito donde Estados Unidos no participa y donde las condiciones eran favorables para tener una participación activa, al capitalizar un lugar destacado en la dinámica regional orientada hacia la cooperación. Asimismo, la concepción estratégica introducida más recientemente en la AEC –generar una zona de cooperación regional– se articuló cabalmente con los intereses cubanos de participar en espacios colectivos regionales sin comprometerse necesariamente en iniciativas de liberalización comercial o en acuerdos inspirados en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). En este contexto, Cuba contribuyó de manera notable al progreso e impulso de la AEC, al apoyar su desarrollo sobre la base de las alianzas y vínculos establecidos con los países del Caribe y del Grupo de los Tres (G-3: México, Colombia y Venezuela). Los países de la Caricom y los del G-3 fueron los principales promotores de la iniciativa, tanto por razones económicas como geopolíticas, tras el vacío geoestratégico generado en la región al finalizar la Guerra Fría y a causa de la definición de una nueva agenda de seguridad regional por parte de Estados Unidos; asimismo, los impulsaban las incertidumbres generadas por el TLCAN y la falta de propuestas para fortalecer la Iniciativa de la Cuenca del Caribe que favorece los intereses de las pequeñas economías regionales. Por otra parte, la participación en la AEC le permitió a Cuba lograr un acercamiento coyuntural con los países centroamericanos con los que, tras la crisis de los ochenta y la derrota electoral del sandinismo en Nicaragua, se mantenían relaciones distantes y frías, cuando no antagónicas. La capitalización de alianzas regionales en el Caribe sirvió también para reactivar el papel de Cuba en el Sistema Económico Latinoamericano (SELA), que seguía constituyendo un espacio atractivo por la no participación estadounidense. En la década de los noventa, el SELA sufrió un significativo proceso de deterioro a causa de la progresiva disminución de su papel como mecanismo de consulta y concertación económica entre los países de América Latina y el Caribe, en el marco de una coyuntura donde el énfasis en la cooperación Sur-Sur había sido desplazado por otras prioridades y por el interés de los países más grandes en desarrollar los diferentes esquemas de integración. La importancia de activar el concurso de los países caribeños y centroamericanos en el SELA, y el interés por apoyar la creación de la AEC, fueron factores que convergieron para que Cuba reforzara su participación y brindara un apoyo significativo, como lo hizo en los últimos años, a la subsistencia del SELA. Cabe señalar el protagonismo y el peso específico ejercidos en los últimos años por estos países (Cuba incluida) en el proceso de dar una nueva funcionalidad al organismo, particularmente ante la falta de una orientación más definida de los países más activos del Grupo de Río.
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