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Cuba y la eterna guerra fría
Jorge I. Domínguez
De Foreign Affairs En Español, Otoño-Invierno 2001

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Resumen: Los duros en Estados Unidos y Cuba siguen sin escatimar recursos para mantener la Guerra Fría a pesar de que existen avances en materia de cooperación. Ejemplo de ello son la responsabilidad, eficacia y disposición con que se han tratado temas de interés mutuo como migración, narcotráfico y la convivencia en el entorno de la base aeronaval de Estados Unidos en Guantánamo. Es necesario que ambos gobiernos dejen de mostrar el lado irracional de su relación y transiten por donde los guían los destellos de cordura que ya se ven en su sociedad civil.

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[continúa...]

La patria os contempla orgullosa;

No temáis una muerte gloriosa

En el ocaso de la década de los ochenta, sin embargo, el fin de la Guerra Fría en Europa afectó a la isla. El derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y de los regímenes comunistas de Europa canceló la ayuda política, militar y económica que por tanto tiempo permitió a ese pequeño país del Caribe comportarse como una de las grandes potencias mundiales. Mientras duró, Cuba mantuvo a sus soldados luchando y entonando su himno, como el Quijote frente a los molinos de viento.

La caída del muro de Berlín implicó el inexorable regreso a casa de las tropas cubanas. Ya para 1992, la presencia de militares cubanos en Angola y Etiopía, de asesores militares en Nicaragua o de apoyo material al Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), en El Salvador, eran cosa del pasado.

Para 1992 Estados Unidos pudo gritar ¡Victoria! Su gobierno había pasado mucho tiempo insistiendo en que Cuba debería retirar sus tropas de otros países, abstenerse de apoyar movimientos revolucionarios y cancelar su alianza militar con la URSS. Y logró todos estos objetivos sin calentar la guerra en el estrecho de Florida.

A su vez, el régimen comunista cubano se debilitaba internamente. Pero eso no bastaba, simplemente porque la guerra fría de Estados Unidos contra Fidel Castro significaba algo más que una batalla ideológica entre los dos campos que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial.

Azuzada por el exilio cubano, la política de Washington hacia Cuba fue también una cruzada fervorosa, un intento de desquite contra un barbudo impertinente, un destello de furia tenaz. En vez de disfrutar su triunfo, durante la década de los noventa Estados Unidos adoptó nuevas leyes para apretar el cerco que, se pensaba, haría explotar el régimen político cubano. La más importante de ellas, la Ley Helms-Burton, habría de ser la llave del anhelado poscastrismo.

En particular esta última, traducida al castellano en La Habana y difundida hasta el tedio por los medios de comunicación, logró convencer a un número suficiente de cubanos de que Estados Unidos, si bien se expresaba en términos de democracia y libertad, realmente buscaba la recuperación de las propiedades de sus empresas, confiscadas hace más de treinta años por un gobierno entonces revolucionario.

Y, aunque Estados Unidos proclamaba su deseo de que Cuba fuese realmente independiente, la Ley Helms-Burton insistía en prescribir los pormenores de la organización política y económica del poscastrismo, cometido que muchos cubanos consideraban les correspondía determinar a ellos, no a Washington.

En efecto, el 20 de mayo de 2001 marcó otro aniversario de lo que los libros de historia de los hijos de los exiliados cubanos llaman "la independencia de Cuba". Pero, ¿sabrán esos niños que ése no es el aniversario de la independencia de España sino de la primera ocupación militar estadounidense de Cuba? ¿Recordarán también que fue una conmemoración viciada por la llamada Enmienda Platt, exigida por Estados Unidos para intervenir a su libre albedrío en Cuba? En los libros de texto de los niños de Cuba sí se mencionan estos hechos inconvenientes.




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