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Globalización: la enfermedad del nuevo milenio (entrevista) Hugo Chávez De Foreign Affairs En Español, Otoño-Invierno 2001 Resumen: El presidente Hugo Chávez es escéptico respecto del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Como ideología del nuevo tiempo para América Latina y el Caribe prefiere el bolivarianismo, al cual son inherentes valores atemporales como democracia, justicia social y equidad. Chávez no se declara globalifóbico, pero prácticamente lo es. Advierte que la globalización es un tipo de fundamentalismo y rechaza la unipolaridad. En el plano internacional es partidario de la autodeterminación de los pueblos y de la no intervención, por lo que critica a los países que intervienen en asuntos internos de otros estados.
HCH.— Yo soy militar porque ésa es mi profesión. Ahora, el ser es una cosa y el estar es otra cosa. Yo soy militar, yo soy un ser humano, yo soy Hugo Chávez. Yo estudié la profesión militar como tú la de periodismo, es tu profesión. O como alguien estudió abogacía. Se habla con el verbo ser: usted es abogado, es médico. En una ocasión, alguien me dijo: usted está militarizando Venezuela porque nombró a un general presidente de PDVSA (Petróleo de Venezuela) y a otro en Corporación de Guayana. Le respondí: bueno, entonces habría que decir que estamos aboguizando el país o mediquizando el país. Lo de militar es una profesión. Lo que pasa es que aquí, en América Latina, los militares hemos sido marcados por un sello. Yo nunca olvido un programa de televisión de Panamá, Fuego cruzado. Dos señores en el estudio y yo en medio; uno comienza un furibundo ataque antimilitarista o antimilitar, no sé cómo llamarlo. Le dije: usted está mirando una sola cara de la moneda, ¿por qué no le damos la vuelta a la moneda? ¿Usted qué cree que era Bolívar? A los 16 años Bolívar era subteniente de la Escuela de cadetes de los Valles. Su papá, director de la escuela, era el general Juan Vicente Bolívar, coronel español. Y Bolívar se hizo oficial del rey, graduado con la espada del rey. ¿Qué fue Miranda? Generalísimo, mariscal de Francia. Y luego se molestó mucho porque le dije: ¿y qué fue Torrijos? Ah, bueno, Torrijos fue militar de un pueblo. ¿Quién acusa a Torrijos de tirano? ¿Quién fue Velasco Alvarado en Perú, un tirano o un luchador social? Por lo tanto, la calificación de militar ha sido muchas veces objeto de un manejo sesgado. FAE.— Encontré una cita de usted en un libro —no lo tengo a mano, pero cito la referencia— que dice que los caudillos eran necesarios para la incorporación de nuestros pueblos a sus luchas. Señala que se nos ha vendido un modelo importado de democracia burguesa que ha privado a los pueblos latinoamericanos de sus líderes. ¿Es así como usted ve el caudillismo? HCH.— Yo no creo haber dicho eso de esa manera. Jamás he manejado el tema del caudillismo. FAE.— Se le señala a usted como un caudillo. HCH.— Que digan por qué. No me siento caudillo ni soy un caudillo. No. Ahora, dentro de ese manejo de la lucha contrarrevolucionaria me acusan de todo, de caudillismo, mesianismo, populismo, de todo eso, y hasta libros y tesis se han escrito de esto. Ahora, yo jamás he dicho que los caudillos sean necesarios para incorporar a los pueblos a un proceso. Yo creo que los pueblos —por ejemplo en el caso venezolano— los niegan. Los caudillos del siglo XX impidieron la participación del pueblo. El pueblo tuvo que levantarse contra un caudillo llamado Carlos Andrés Pérez, eso es un caudillo. El caudillaje con que llevó el país Rómulo Betancourt, a quien llaman los adecos el padre de su democracia, de esa democracia que yo tampoco he llamado burguesa, sino más bien alta, podrida, degenerada, como la he llamado mil veces siguiendo a Montesquieu, que decía que las democracias degeneran en tiranías. Así llamaban a Betancourt, padre de la democracia, pero creo que ya nadie se atreve a llamarlo así. Betancourt sí fue un verdadero golpista. A mí me dicen golpista, y me resbala, porque en verdad no soy golpista y nunca lo fui. Rebelde sí, por supuesto, inicié una rebelión militar que nadie podía parar. Una rebelión de masas, que es distinto a un coup d’état, donde una élite da un golpe de Estado contra un pueblo. Lo nuestro fue otra cosa. Aquí llegamos desesperados a echarle plomo a este palacio. Porque Carlos Andrés Pérez, ése sí, es un caudillo, mentiroso, populista y demagogo. El mismo día que tomó el poder, en 1989, firmó un convenio con el Fondo Monetario Internacional, liberó los precios de la gasolina, de la comida, congeló los salarios y el país reventó. Reventó el volcán social que venía anidándose desde muchos años atrás. La rebelión militar no la podía parar nadie, no había otra manera de cambio. FAE.— Una última pregunta. En una entrevista, Margaret Thatcher reconoce que es fácil convertirse en un adicto al poder. ¿Lo es usted? HCH.— Mira, yo más bien creo que soy un adicto a lo que algunos llaman el contrapoder. Lo que nosotros hemos hecho es destrozar viejos reductos de poder. Yo preguntaría más bien qué es lo que entiendes por poder, un concepto que tiene tantas connotaciones. FAE.— ¿Cómo lo definiría usted? HCH.— El poder es para mí una capacidad de transformar. Desde ese punto de vista, siempre, aun cuando sea presidente, por el tiempo que Dios y el pueblo quieran, ya sea jardinero en un pequeño jardín como éste, ya sea maestro de escuela o entrenador de deportes, o lo que sea, yo siempre estaré ahí luchando por transformar. Es la capacidad de lucha para transformar en la búsqueda de una situación de vida más digna y mejor para todos, para un colectivo, no para uno. Desde ese punto de vista sí, estaré siempre luchando, aunque sea en solitario. En alguna ocasión estuve en solitario en una prisión, pero nunca dejé de ser adicto —tomando tu expresión— a la lucha por la transformación de Venezuela. Ahora, si lo que tú me preguntabas en torno a lo que Margaret Thatcher dijo es ser adicto a estar en una posición de poder como la que hoy ocupo, no. Yo te digo que no, no soy adicto. Incluso lo digo de vez en cuando porque lo siento. Si por necesidad del país, por necesidad de la trascendencia de este proyecto, yo mañana tengo que amanecer otra vez de soldado con un fusil, lanzándome desde dos mil pies de altura con 40 hombres entrenándolos para defender la revolución, yo sería feliz igual que si pasado mañana tuviera que ser entrenador deportivo en algún recóndito lugar. Si tú me traes 100 niños aquí mismo para enseñarles qué es la fotosíntesis y por qué son verdes las plantas, y para poner a funcionar el motorcito aquel para que el agua corra y explicar qué es el agua y por qué el cielo está un poco oscuro, yo sería absolutamente feliz. Es más, si por el país, si por la trascendencia de esta idea revolucionaria tengo que ser un cadáver, sería un cadáver feliz. Yo no soy adicto al poder ni a estar sembrado aquí, no.
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