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Un callejón sin salida: El liderazgo de Brasil amenazado Carlos Eduardo Lins da Silva De Foreign Affairs En Español, primavera 2001 Resumen: El Plan Colombia significa para Brasil que el intervencionismo estadounidense se materializa en su esfera de influencia. La posibilidad de que esa injerencia militar haga fracasar su liderazgo en la región preocupa gravemente a Brasilia.
CARLOS EDUARDO LINS DA SILVA es profesor en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Sao Paulo; tiene un doctorado en Ciencias de la Comunicación por la Michigan State University. EN LOS PRIMEROS AñOS del milenio la crisis colombiana representa para Brasil un desafío de mayor gravedad en política exterior que el que cualquier otro país haya enfrentado durante todo el siglo XX. Algunos de los pilares sobre los cuales se sustentó la tradicional y consistente estrategia diplomática brasileña en los últimos cien años pueden verse amenazados por los posibles desenlaces de la situación en Colombia: la paz entre las naciones de América del Sur, el hecho de que el subcontinente no sea el eje de tensiones de importancia mundial, la autonomía relativa que Brasil ha conseguido mantener en su relación con Estados Unidos. Que las diversas fases del Plan Colombia estén en su periodo de implementación es motivo de gran preocupación para Brasil. Una injerencia militar inédita de Estados Unidos en la Amazonia reaviva temores remotos pero nunca descartados de sectores nacionalistas de las fuerzas armadas y realza el papel jugado por Brasil, en este caso, su condición de árbitro regional de conflictos entre sus vecinos (al contrario de lo que ocurrió en el episodio Perú-Ecuador, posiblemente el mejor momento de la diplomacia brasileña desde los tiempos de Baräo do Rio Branco –padre de la diplomacia brasileña, ministro de Relaciones Exteriores de 1902 a 1912). Sin embargo, lo peor podría estar a punto de llegar. El Plan Colombia parece ser para Brasil un callejón sin salida. De resultar eficaz, el poder de influencia de Estados Unidos en el subcontinente se ampliará de forma extraordinaria y tanto el tráfico de drogas como la acción de la guerrilla izquierdista podría desbordarse hacia el territorio brasileño. Si fracasa, el resquebrajamiento del Estado en uno de sus más importantes vecinos generará un factor de grave inestabilidad en toda el área. Además, incluso existe la posibilidad de una amenaza ambiental en el caso de que, como muchos temen, se utilicen productos químicos y agentes biológicos en la erradicación del cultivo de la coca. Sin tomar en cuenta la hipótesis nada despreciable de que desplazados colombianos vayan a refugiarse en territorio brasileño, o que se produzca un drama humano y social de grandes proporciones en un país ya atormentado por sus problemas de pobreza y migración masiva desorganizada. El inicio de las acciones del Plan Colombia se da en un momento particularmente adverso para Brasil que, a lo largo de la década de 1990, buscaba ejercer con más desenvoltura su liderazgo natural (aunque tácticamente discreto) en América del Sur. Debido al éxito del Mercosur (a pesar de los percances) y la realización en Brasilia de la primera cumbre de jefes de gobierno de la región (al final de agosto de 2000), el gobierno brasileño dejó claro que estaba dispuesto a articular los intereses regionales a fin de dar a los países sudamericanos, e incluso a sí mismo, un mayor poder de negociación en foros multilaterales decisivos, como el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y la Ronda del Milenio de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Esta pretensión sufrió numerosos golpes durante el año 2000. Chile, que se disponía a definirse como socio pleno del Mercosur ampliado, optó por negociar un acuerdo bilateral de libre comercio con Estados Unidos; Argentina manifestó interés en anticipar la consecución del ALCA (posición divergente de la brasileña); la falta de armonía en políticas macroeconómicas y cambiarias entre Brasil y Argentina obstaculizó el crecimiento del Mercosur; el exceso de prioridades regionales que la Unión Europea tiene que atender le impide volverse una potencia económica alternativa a Washington con la cual Brasil pueda negociar y, por si todo esto fuera poco, el Plan Colombia comenzó a tomar cuerpo como una realidad inevitable. Lo ideal para Brasil hubiera sido conseguir que la intervención estadounidense en el conflicto colombiano no se materializara. El concepto de no intervención en los asuntos internos es uno de los principios básicos de la política exterior brasileña; esto tal vez le haya impedido asumir un papel de mayor relevancia en la intermediación entre el gobierno colombiano y las organizaciones guerrilleras que actúan en aquel país. Sin embargo, tras bastidores, como actuó en la crisis paraguaya de 1999, Brasil tal vez hubiera podido tener más influencia sobre el proceso y contribuir a crear una situación que evitara la presencia de Estados Unidos. Está claro que los problemas paraguayo y colombiano son de dimensiones incomparables. Pero para Brasil no había (ni habrá) otra alternativa que mantener una discreta postura negociadora que ayude a mantener la paz en los países vecinos, ya que sería inadmisible, tanto para el gobierno como para la opinión pública, alterar su tradición secular de no inmiscuirse en problemas internos, a menos que la nación interesada lo solicite explícitamente. La reconocida capacidad de negociación brasileña debe ejercerse a niveles de sofisticación y energía compatibles con la gravedad del problema para tener éxito en una situación tan compleja como la colombiana.
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